Los grillos de la madrugada, dibujando una acústica en la inmensidad inerte, absorben algo de las almas que dormitan. Es por esto que la vigilia tiene alcances indecibles, igual que las palabras. Y por eso, a veces sin poder evitarlo, me seducen, me dominan o enamoran. A través de sus fisuras se escapa lo único real de la existencia, aquello ilógico que no es percibido por la convención de nuestros fáciles sentidos. Una fe atada. Una quisquillosa e irracional fe en las palabras y sus acoplamientos: los ruidos de otros seres, animales lejanos, mitológicos y largos de nueve cabezas, bípedos, cuadrúpedos, marinos, rastreros o celestes, son los que, dirigidos por el Gran aliento sobrenatural, aceptan restablecer el pacto para mí. Incluso, la noche es clara. Alguna vez, a la edad de siete años, morí. Así he muerto y renacido otras veces, pero ninguna otra fuerza más vital, delicada y bella que ésta. Con fruición y de pie, sigo prendada a la trama más sublime. No sé nombrarla.
jueves, julio 2
Sin título
Orugas virtuales
Pareciera que en este níveo lugar del imaginario ya no tengo permitido el retorno; el frío ha entumecido nuestros huesos. He vuelto a mi tibia docilidad, pero rompí fuentes agridulces, aguas bravas heladas que incontinentes brotaron antes de tiempo, de forma difusa y equivocada, ahogando esas ínfimas criaturas que yo misma, con una pobrísima y cobarde voluntad, alguna vez procreé en aquel mísero tiempo.
Recuerdo otra vez el bosque lejano, de la misma cordillera de mis antepasados, cuando me movilizaba como hada grandísimamente pequeña y alienada. Aún no sabía que las hadas eran demonios iniciáticos; me penetró y ultrajando todo mi interior me hizo tragar una especie de libélula que parecía mariposa, que no era mariposa. Tara, quizás. Y cuando agitaba mis brazos brotaba un polvito resplandeciente pero encandilador, que despedía un intenso olor fermentado parecido al licor que produce ceguera. Amaba a un caballo oscuro que apenas galopaba dando tumbos atravesado por las hierbas del bucólico paisaje. Todo se confundía en salvajes excesos y al abrir de nuevo mis ojos estuve frente a una soporífera oquedad abisal de apariencia solemne. Intuía qué entrañaba el hundimiento y poco a poco retrocedí de esas cóncavas tinieblas para no caer más. Atrás, uno, dos, tres pasos lentos que lastimaban con hastío mi suelo firme.
Ya casi a salvo y al azar en otros lugares de ambientes más grises, con tímida ansia aferrada, perseveré en la tosca inserenidad. Volví a abandonar la silenciosa tregua por aquel admirable símbolo fantasmal de medio siglo de oro, aún pisando la revelación divina sobre la prudencia y el sosiego, o la censura freudiana donde los adultos ya no podemos jugar, sino tener supuestas fantasías secretas porque quienes no somos poetas somos los que atraemos la infamia (metafísicos acuerdos culturales). Embelesada como princesa decadente no tan lejos una edad señorial, prosiguió la enfermiza niñez infinita, el melancólico balbuceo, el chiste barato, la humedad precoz, el berrinche insoportable, la insolencia adolescente que todo lo entorpece, la apatía ingrata, el abuso al culto de la ensoñación, la ficción y en el lapidario momento final envuelta en el deshonor, recordé cómo mendigar perdón, anhelando ese otro blanquecino pero cálido lugar de paz, sonrojado, donde desgastada ruego sin saber, en el fondo, a quién me dirijo.
En esa extinción preferí cantar con otra voz humana, de mujer. Irme lejos; cantar y danzar bajo el eterno sol y la luna mortal donde ni yo misma pueda ya escucharme tan quebrantable. Los viscosos pliegues de las larvas, que con espera y paciencia se irían transformando en estelas de gracia, no llegaron ni a asomar, aquí en esta planicie, sus delgadas antenas móviles de nacimiento.
Alfabeto
Alguna vez, por muy increíble que parezca, se humanizaron estas letras del abecedario, cobrando infinitas formas de implacables hombrecillos que corrían atrás de mí para asesinarme. Los veía de día o de noche marcando sus señales insaciables, con sus armas en mano, carcajadas opacas y ojos iracundos saliendo desencajados de sus órbitas. Con una violencia llena de un gran poder hercúleo y casi sin darnos cuenta, aquellos grandiosos duendes urbanos de sátira benigna que alguna vez con sus cuentos o fábulas y moralejas tanto nos gratificaron o instruyeron, se fueron transformando en potestades diabólicamente ofensivas reproduciéndose infinitamente cada vez más rápido. La A de pronto se convertía en MKGF!, y la B daba vueltas para volverse WRFXHTT, la C con saltos se hizo OKGKJH, la D trocaba en ZKUYFEQ, la I se volvió X y todo era un ruin desastre al querer perturbar o eliminar el orden de mis menesterosas e individuales letras anteriores. Y así, comencé a soñar con aquellas grafías macabras que cada vez más se propagaban y disfrutaban, con vil éxtasis entre sí, sus distintas imágenes malignas que vertiginosamente iban y agresivamente venían sin parar. Querían espantarme o vengarse de mí por no sé qué tan tétricas calamidades merecidas, hasta que un buen día, ante aquel espectáculo sanguinario, me rendí. Huí muy lejos y dejaron de perseguirme, o al menos dejé de ver sus sombras, ya no me aparecían como espectros, dejé de buscarlas. Ahora todo ha virado en un nuevo tiempo; la vida es nuevamente apacible y mis días se han llenado notablemente de luz, pero he de reconocer que colaboré en gran manera para aquel periódico amarillista de sucesos y calumnias; mis impulsos, mi paranoia, mi timidez, mi platónico lapsus demencial y probablemente mis imberbes deseos de cambiar el mundo también involucrados. Entendido esto, ahora extraño aquellos figurines que una remota vez me brindaron su amistad aún sin ellos saberlo. Me hicieron sonreír, reír y hasta casi llorar. Imposible no guardar simpatía para algunos o cariño para otros de aquellos caracteres tan creativos y encantadores antes de aquel grotesco cambio. Olvido lo feo, recuerdo lo lindo, me quedo y me voy sin mirar atrás ni a los lados. Así dicen que es la felicidad, poco rencorosa.
miércoles, mayo 27
domingo, mayo 24
Paroxismo
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domingo, mayo 3
Paréntesis matruska
Mensaje en el blog:
A veces creo que, en mi caso, el acto de escribir (como el de fotografiar) tiene un sentido fisiológico (tal vez espiritual); ha sido una necesidad de desintoxicar, exorcizar y concebir miradas, ordenar el caos mental cotidiano, puntualizarlo, hasta en esta página web: retahíla de tonterías, que yo no llamaría diario, no sólo porque todo no está contado en primera persona del singular, sino porque hay relatos que distan mundos de mis vivencias, aquellas que por ser tan -redundantemente- triviales, comunes, pedestres, vulgares, quizá, han necesitado transformarse en otro tipo de experiencias narrativas. Y no sólo hablo de las mías, también hablo de aquellas experiencias imaginadas sobre otros, conocidos o no. Han pretendido ser, tal como el nombre del blog: mínimas historias imperfectas. El esquema, si lo hay, no ha tenido -mayor- intención estética, acaso la más mínima e imperfecta, pero todo esto sólo es una consecuencia de la tragedia existencial. Para ello, he tanteado con distintas sensaciones o pulsiones (muchas sólo escritas, nunca llevadas a otro acto), algunas agresivas, otras no tanto, pero veo que la actitud más recurrente es la del vacío, melancolía infinita. No sé si algunos traemos en los genes esa predisposición que varía en intervalos, pero al verme retrospectivamente, vislumbro la misma orfandad. Al fin y al cabo, la orfandad es un sentimiento más que una condición externa. He aprendido a disfrutarla y precisarla, a sentirme cómoda en ella.
Mensaje en el mar:
Un pez en una botella.
Entre lo sagrado y lo profano del océano.
lunes, abril 27
Lectura
La adivina le advirtió que el amor hacia la literatura peligraba con la aproximación al personaje: -exceso de soberbia-, aseguró. Por eso era mejor seguir en el margen de las páginas, alimentar cercanía sólo con el protagonista imaginario de la historia y no con el de carne y hueso. Pero ya era tarde. De nada valió la exhortación libresca. Su abismo, después de todo, siempre ha sido su inevitable humanidad.
Escultura
-Evacué en tu cabeza- anunció el pájaro mayor que, luego de rondar el área, había sido el elegido por la contemplación de la Galatea de marfil, aquella blanca como la leche antes del excremento.
Sobre los signos (lo que fue, hace algunos años, mi tesis de grado)
Claude Lévi-Strauss, importante antropólogo y etnólogo del siglo XX, padre de la escuela del estructuralismo basada en la lingüística de Saussure, en algún infértil momento de su experiencia, se vio en la necesidad de tomar prestado, de la filosofía tradicional, el concepto de signo para introducirlo en su discurso científico, no sólo con el fin de contrarrestar las teorías etnocéntricas, sino para advertir que la cultura era un sistema de comunicación simbólica que había que investigar más con curiosidad que con prejuicios.
Lévi-Strauss (1949), describe:
“Supongamos, pues, que todo lo que es universal en el hombre depende del orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad, que todo lo que está sometido a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y lo particular. Nos vemos entonces confrontados con un hecho o más bien con un conjunto de hechos que, a la luz de las definiciones anteriores, no distan mucho de aparecer como un escándalo: pues la prohibición del incesto presenta, sin el menor equívoco, e indisolublemente reunidos, los dos caracteres en los que hemos reconocido los atributos contradictorios de dos órdenes excluyentes: aquella prohibición constituye una regla, pero una regla que, caso único entre todas las reglas sociales, posee al mismo tiempo un carácter de universalidad.”
Así, Derrida también advierte que la anterior oposición se diluye: la prohibición del incesto es universal por lo que se le llamaría natural en ese sentido, pero al mismo tiempo, una prohibición es un sistema de normas sociales y en ese otro sentido, se le podría llamar también cultural.
A partir de ese momento, donde se adquieren elementos del discurso tradicional metafísico (signos de la filosofía) el rigor del valor verdad de Lévi-Strauss para estudiar las culturas, se reduce a un posible instrumento de estudio no siempre aplicable, sustituido ahora por el escepticismo, el mismo de ayer, hoy y siempre.
Tomo este retazo de la Nada, después de estos años, para preguntarme: ¿cuántos otros escándalos (hechos, paradójicamente, universales y prohibidos a la vez) tácitos existen aún sin plantearse como tales? ¿Cuándo dejarán de exponerse como escándalos del juicio formalista y comenzarán a verse como escándalos inherentes al escepticismo? ¿Cuántas cosas tendrán que pasar antes? ¿cuánta gente tendrá que seguir sufriendo o muriendo?
martes, abril 21
Cinismo
Con un leve gesto facial o corporal, en medio de la noche, despierto en cama.
¿Qué escena o ser imaginario tuvo la osadía de expulsarme así, sin recuerdo, de ese inframundo?
Reflejos
Ocurrió algo y al unísono, un estremecimiento involuntario y raro que se llama carcajada. Pero mejor no te cuento porque cuando leamos esto, momentos después de escrito, nada nos hará tanta gracia.
Dar y recibir
En noche de niebla una madre toma de la mano a su niña, mientras, la otra mano de la niña suelta un globo succionado por el cielo.
Adolescencia sin moda
¿Y yo qué hago con todo este aborto verbal que intenta decir y decir y no dice nada? No me conformo. No me, no, me, meno, nome, mono, emo no, no Emos por favor. No.
sábado, abril 18
Ciclo
Nacen, crecen, se reproducen y mueren transformándose en un gramo de arena. No existe el cielo ni el infierno, sólo habrá desierto.
Cetáceo
A veces te veo en la boca de Moby Dick, esa ballena que te traga sin masticarte, sin saborearte, sin catarte. Esa que, cuando estás adentro un rato, te reduce, te asfixia, te aburre; entonces me extrañas. Me extrañas mucho. Pero igual tengo celos de Moby Dick. No es ella, es por mi naturaleza infantil, más que por la suya que sé sólo es de blanco papel.
Aquí
Yo sabía que mentías cuando me decías que eras demasiado feliz. Nadie (y ahí si no importa que no haya algún otro referente diferencial) nadie es demasiado feliz.
sábado, marzo 28
Carmen Simón
Luego de estirar el brazo y alcanzar el despertador para apagarlo, escucha que llueve. Es raro en pleno verano. Recuerda lo que se comenta del descontrol atmosférico por tanta contaminación y su mirada se queda fija en las gotas que chorrean los retazos del vitral redondo, donde también cuelga prodigiosa, una telaraña tornasol. Percibe un efecto prisma similar a un caleidoscopio, aunque no lo conoce, y se extraña con gusto. Si hubiera disfrutado un aparato de esos alguna vez, quizá no sentiría asombro. O talvez uno mayor. Hasta donde Carmen Simón recuerda (mala memoria, seguramente), nunca ha sido de los que se acuestan a observar el cielo buscándole formas a las nubes; es cosa inútil de melancólicos ociosos, ella no tiene tiempo para nada de eso. Pero aproximadamente tres meses atrás, luego del último trago en una taza blanca, se percató de que la borra de ese espeso café colombiano recientemente comprado (y que sabe muy bien) deja una llamativa mancha dibujada, a partir de la cual realiza conjeturas sobre el porvenir de su día. Es así como ha dejado de leer el horóscopo en el periódico y ha preferido el azar de su intuición visual, que se ha cumplido la mayoría de veces. Predisposición, quizá. Prefiere mantener el secreto porque a veces, sus premoniciones son sumamente aterradoras y afectan a otras personas, lo que le genera un remordimiento tal, que ha ido aprendiendo a disfrutar más el flagelo propio. Su entusiasmo nace cuando sabe que algo desagradable le ocurrirá a ella. Varias noches ha cavilado que lo malo que le ocurra no puede ser peor a que no le sobrevenga absolutamente nada. Ese día, luego de hervir agua, colar el café y tomarlo, la borra le advierte algo terrible. La imagen de una muerta justo frente a su empresa, atropellada en la calle por un autobús. Con la ansiedad de estar segura que esa persona es ella misma corre a ducharse con agua fría, en la necesidad de volver a la realidad sin aquel pensamiento; se viste bien abrigada, se amarra rápidamente sus botas de invierno y al escampar un poco procura salir cuanto antes de su casa. Jalada de su crin húmeda, cuidadosa como nunca del tráfico atraviesa las calles una por una, como animal sigiloso, o loco, aunque un poco intimidada por su aprensión. Ya enfrente de la compañía, todavía al otro lado de la acera distingue que se acerca un único autobús como a veinte metros de distancia. Tiene dos opciones para eludir su presagio: o cruza la calle y entra guarecida primero que la muerte o se queda allí, sin moverse, para contemplarla. En unos instantes de indecisión opta por la segunda alternativa. Así el engendro se acerca cada vez más con su rugido oxidado y pasa lánguido pero veloz ante sus ojos. Ella se queda mirando la penúltima ventanilla del mismo, donde va una niña de suéter azul que también la mira a los ojos hasta que su cuello no le permite voltear más hacia atrás. A salvo ya, entre una estela de monóxido pasa la vía y tosiendo entra al edificio.
El viudo
Junto a los muebles vestidos con sábanas amarillentas casi traslúcidas por el desgaste está el señor Risotto. Los arropa como para evitarles alguna alergia producida por el polvo. Mientras toca una desafinada pieza le cuenta de su aprendizaje musical autodidacta con libritos de preludios fáciles y mucho oído admirador de varios; algunos latinoamericanos como Leo Blanco, Bebo y Chucho Valdés, De racco, Nishihara y Marianela Aparicio – su amor platónico – dice. También clásicos como Brahms, Liszt, Bethoven, Mozart, Georges Bizet, Bach, Clara Schumann, Chopin; jazzitas como Monk, Bill Evans, Duke Ellington y otros. Sus escasos pelos, todavía oscuros, le acarician el seboso cuero cabelludo que liso contrasta con la perfección de sus arrugadas líneas con puntos de fuga en su cara. Se detiene repentinamente, se levanta, va a su cuarto y regresa. Le trae una muestra de algunos cuadernos llenos de poesía inédita escrita por él desde su juventud, le recita un par de ellas y le asegura que como realmente se siente vivo es siendo maestro de niños. Es jubilado en docencia de literatura latinoamericana en una escuela de un barrio próximo, donde todavía es profesor suplente. – No hay nada como ver las luciérnagas infantiles empezando a alumbrar gracias a las letras- le comenta con esa misma iluminación pueril en sus ojos.
Antes disfrutaba recorrer países, ciudades y pueblos, pero ahora, cansado del mundo impostor, sólo disfruta salir de su casa para la escuela y viceversa.
Le pregunta su nombre, se excusa por no recordar, gajes de la edad, y la mira. Le dice que entonces tiene una tocaya, su hija, con la cual vivía hasta que se hizo azafata. Le muestra la foto de unos ojos inmensos adentro de un rostro afilado parecido al de Audrey Hepburn. -La imagino toda una actriz en las alturas de los aviones-, dice y vuelve a colocar el portarretrato sobre el piano para sentarse de nuevo y seguir tocando entre un olor a libro viejo. La escuchadora no dice nada, sólo continúa allí, en blanco y negro para él, encuadrada en una fotografía antigua, con un vestido rojo, guantes blancos y bucles rebotando en un coctel junto a su prometido, el joven Risotto.
Dientes de perro
El taladro ahora llora como un niño abandonado, mientras él lo sostiene, lo mueve suavemente y piensa en que no debió haberle contestado de esa forma a la profesora de su hija Romina. –Es arrecho atender a más de veinte mocosos a la vez. Tampoco es tan mala la tipa-, justifica la amargura de la mujer.
El ritmo casi constante de la fresa es perfecto para los trances de Lucío. Ese ruido que le invita a divagar entre todo lo que hizo mal durante el día, la semana, el mes y en su vida. Es su ritual cotidiano de introspección y auto embate; su diaria faena mística, donde le pagan para recorrer lugares cómodamente sentado, exorcizándose.
No se puede quejar, tuvo la suerte de conseguir ese empleo como operario del laboratorio dental, sin haber obtenido ningún título académico de Técnico.
Recuerda aquel lunes por la mañana, cuando decidió salir a comprar el periódico a ver si por casualidad, ésta vez encontraba algún necesitado de servicios en carpintería.
Ese día, mientras iba caminando, pensaba en la anciana que fue descuartizada por un carpintero cuando terminó de empotrar su cocina en un apartamento de alguna avenida cercana. La ciudad cada vez estaba más violenta y bizarra. Se encontraba pesimista, imaginaba que después de ese caso, muchas iban a ser las previsiones tomadas por los ávidos de alguna obra. Necesitaba un cambio. Caminando hacia el quiosco, pasó por una peluquería donde cierto tipo de mujeres recurren en búsqueda de alargar sus uñas con geles decorados: flores, estrellas y Lunas Nuevas de colores combinables con su ropa. Recordó las de Yuliana, esas que dejaron estelas rojas enterradas en su espalda por unos cuantos días. Justo al lado, vio el aviso: -“SE PRECISA CERAMISTA CON EXPERENCIA PARA LABORATORIO DENTAL”-, escrito en marcador negro sobre cartulina verde fluorescente, lo que indicaba un poco de urgencia, improvisación y piratería. Sintió que era una señal. Si sabía modelar la madera con instrumentos especiales hasta lograr acabados perfectos en esquinas y bordes de los muebles, entonces podría llegar a crear piezas dentales si tan sólo le daban algunas instrucciones. Fue una pretensión ingenua, sin embargo, quizás debido a la premura que el dueño del negocio tenía, decidió tomarse la molestia de ir entrenándolo poco a poco.
–Alomejor también me vio cara de bueno, de pendejo- piensa, mientras sigue terminando las últimas piezas del día. El tiempo ha pasado rápido. Ya lleva tres años en ese trabajo cada vez más adictivo. Desde el principio fue muy divertido ver cómo la fusión entre el agua, el fuego y un polvo especial, iba formando una mezcla verde viscosa para el material de los moldes y luego de realizarlos, notar la infinidad de diferencias en la constitución maxilar de cada persona y lo mejor: devolver sonrisas. Es un acto de magia. Es como un juego en un mundo de dientes: colmillos, incisivos y molares. Encías, premolares y colmillos. Incisivos, lenguas, molares monstricos. Lenguas pequeñas, lenguas largas, lenguas de bruja. Dientones, dientes de ratón, dientes de ajo. Encías que bailan salsa, que lloran boleros, que cantan ópera. Colmillos de drácula, incisivos de mujer, molares de hombre y dientes de perro.
...y por qué me estás rechazando
Por qué me estas olvidando
Por qué si yo fui quien te enamoró
Le di vida a tu corazón
Cuando te lo decepcionaron
Por qué conmigo has cambiado
Por qué me estas esquivando…
..Será que mi amor lo quieres cambiar
Será que me quieres cobrar
Lo que yo nunca te he causado…
..Contigo he sido chévere
Te acepto los errores del pasado
Tu mundo negro lo volví rosado
Porque estaba enamorado de ti, de ti…
-Señor Lucío, por favor .. ¿le podría bajar un poco de volumen a la música?.. y disculpe, es que en la oficina todavía no tengo internet y estoy en mi habitación terminando de escribir un informe que debo enviar para poder irme a otro compromiso.. y ¡disculpe!.. ¡gracias!-, le dice la nueva inquilina aturdida por el vallenato y un poco mareada por el químico.
Lucío ni se molesta en mirarla. Aprovecha que debe utilizar un tapa boca clínico azul para no intoxicarse tanto y eso le sirve de excusa para separar todos sus sentidos del entorno y pasearlos por otras realidades afuera de la ventana que lo alumbra. Además, se va a malacostumbrar a estar fastidiándolo y no tiene ni dos meses alquilada en esa habitación; cuando él ya tiene años trabajando ahí y nunca ha tenido que bajarle volumen a su música, lo único que hace variar un poco su rutina. (-¡Que se vaya a joder a otro, bastante tengo yo con mis vainas!. Ni los jefes me han dicho nunca nada para que venga esta a pedir.-)
..Dime lo que pasa
O ya te están calentando el oído
Lo sé porque el besar ya no es lo mismo
Siento que te me sales del camino sin hablar
Si ya no hay nada que te entusiasme pá estar conmigo
No estás atada, te pongo al frente otro camino
Pero conmigo no vas a jugar
Ni voy a ser un sufrido
Si hay otro hombre que te gusta más
Vete y déjame tranquilo..
Luego de una jornada, llega la residente de nuevo.
-Buenas.. ¿y eso que todavía está aquí señor Lucío?, ya son casi las 9 de la noche.. ¿usted no trabaja hasta las 6?-
- Cuando hay trabajo, hay trabajo-
- No se deje explotar tanto señor Lucio. Hasta mañana.-
CORO
Y al que le van a dar le guardan (bis)
Y lo que no es pá mí, es pá otro
Lo que no es del perro se lo come el gato
Y lo que no es del gato se lo come el perro
II
Ay por qué saliste de luna
Por qué si te daba todo
No ves que ahora te van a criticar
Dime qué vas a contestar
Ya tu moral pondrás en duda
Estás viendo un espejismo
Te están ofreciendo estrellas
Dime qué ganas con portarte mal
Por qué me quieres terminar
Cometes una gran locura
Vas a dañar tu historia
Yo sigo con mi vida parrandera
Me buscaré otra hembra que me quiera
No me voy a echar a morir por ti, por ti, por ti
Si no dices nada
Es porque lo tenías bien escondido
Adórname la frente sin motivos
Desviando la corriente de tu río, para otro mar
Si ya no hay nada que te entusiasme pa’ estar conmigo
No estás atada te pongo al frente otro camino
Pero conmigo no vas a jugar
Ni voy a ser un sufrido
Si hay otro hombre que te gusta más
Vete y déjame tranquilo.
*Nota: Canción "Lo que no es de uno", compuesta por Fabián Corrales y cantada por Héctor Zuleta. (Colombia)
lunes, febrero 16
Jauría
Se divisan en la arena, a unos metros del bar bajo el faro lunar. Hay días en donde están así, reunidos cerca de las personas y creemos que, a diferencia de nosotros, sólo se trata de instintos, pero yo no podría asegurarlo. Al menos se nota que no es incomodidad ni sorpresa pues ninguno ladra. Es sólo cercanía, contacto, olfateo. Mientras he pensado esto, ya he dado bastantes pasos, creo, aunque me confunde un poco esto sobre la velocidad de las reflexiones y más cuando hay música. Llego a la multitud en la pista de baile y volteo de nuevo hacia el otro lado; observo que entre todos aquellos perros hay uno protagonista, ubicado en el medio de los demás.
Me distrae el atropellado acento de la brasileña cuando gesticula algunas palabras que no logro entender y me señala un trigueño de camisa negra que la está mirando alternadamente desde hace rato. Ella le sonríe mientras él secretea con su respectivo grupo, sin disimular las ojeadas tribales reclamando reciprocidad, así que me hago la distraída porque por ahora estoy disfrutando mi trago y giro a un ángulo donde miro otra vez a los animales, los otros, esos que se nos parecen tanto.
Ahora sí distingo el centro. Es una perra. Como era de imaginarse. Al parecer, todos los demás son machos y ellos mismos lo comprueban al olisquearse sus genitales callejeros, sus rabitos mestizos largos jadeando a ritmos caribeños, llenos de pelos sucios y sueños costeros. Son perseguidos por perseguidores antes de que se intercambien el rol; se asemejan entre sí, pero cada uno actúa distinto al rastrearse con una babosa sonrisa común de oreja a oreja.
De repente, otra de ellas le insiste a la primera que hable un poco en portugués. Atenta me intereso por la petición. Dice algo que comienza por vocé, pero sin entender el resto capto que decididamente llegan los hombres para tantearnos un poco y ver quién desea bailar. Todas aceptan menos yo, y me toca pretender comunicarme con un sujeto que habla naturalmente otro idioma, aquí, en la Torre de Babel del trópico.
Entre cierta jovialidad que ameniza algunos ratos nuevos y desconocidos, llega el silencio tan esperado, ese para no esforzarse demasiado en otra lengua. En ese lapso la veo a ella, la tía de Florencia, quien también ha comenzado a bailar con su esposo en un momento de metamorfosis. Nunca había visto tal lecho conyugal así de abierto. Con quince años de casados, piel grasosa y escurrida, arrugas enfrentadas estremeciéndose en el signo del placer y la vida, en un instante donde se saben mejores que nunca, con la seguridad que otorgan las vertientes caladas y los coitos infinitos, esa ternura agresiva de ansia mutua y orgasmos necesarios. Se hacen evidentes los sudores excitados que necesitan cariño, ya sabemos que todos estamos solos y que no entendemos nada. Pero aquí no. Aquí a la soledad gregaria se le hace agua la boca, la piel.
En el suelo, a mi derecha ahora más cerca, se sienta la perra, se para, se vuelve a sentar, engaña para evadirse un poco ante su celo, evitando, contrariamente a lo que creemos los humanos, que los del sexo opuesto se le monten. Pobre perrita indefensa. Pero la tía no, la veterana de cuarenta y ocho años, hoy vigorosa no resiente de lo prohibido, ni de la altivez hormonal de los veintitantos, ni de la fémina exuberancia treintañera. Hoy no deduce, ni censura porque está derramada de encanto, de beldad, hoy sólo quiere que su hombre la ame duro, tan duro como el volumen de esta bachata, trancadita, de cadencia jugosa. No sabemos hacia dónde pero todo se desliza sin peso mundano, y colocan merengue, cumbia, salsa, y luego reguetón, el abominable reguetón, pero no importa, aquí nos olvidamos de los clichés de la buena música. Aquí donde sólo hay fusión y carne no escuchamos letras ni sabemos mucho de pistas sonoras fáciles. Se abrazan en ondulantes cinturas anchas, alrededor de ellos no hay más nadie, están solos y al parecer, felices, lejos de la mierda. Los veo y recuerdo mis sandalias, las siento sujetando mis pies libres y mis tobillos zumbadores, dispuestos a moverse al ritmo, erguida en caderas sueltas frente a esa serpiente gigante de agua salada, olas y diferentes gradaciones azuladas y negruzcas, esa rastrera multiforme de movimientos lascivos y de corazón mojado, dulce, recio, que penetra y hace el amor.
Y la veo, la tía abultada hoy se siente hembra, hoy no desvirtúa las sinrazones del erotismo ajeno, hoy tiene escamas y respira salitre por los bronquios de sus pulmones desgastados. Sabe que las menores suelen ser muy coquetas, pero hoy no hay juicio, entiende el fruto sensual de tiempos más tempranos, algo que ella casi había olvidado. Lo recuerda y lo vive, con su hombre, el de siempre.
Una manada viviendo la mitología ancestral del exotismo. Sonidos tamboriles que resuenan en los órganos, en los tuétanos. Hay caza de presa, retorno a lo primigenio de la atracción elemental, milenaria; reconociendo al otro en el lenguaje del cuerpo y el ruido, sin mucho artilugio. Hoy somos un poco más de nuestros antepasados.
A veces, sólo a veces, se vive bien sin pensar o sin creer que se piensa. Miro hacia abajo, me pasmo al detallar cómo van creciendo mis garras, los vellos de mis piernas comienzan a convertirse en pelaje y lo entiendo todo. Vamos a bailar pues varón moreno, que mañana no querré amanecer ni tan perra, ni tan humana, mañana amaneceré… .
Ajá, mañana quizás amaneceré así, tan de esa otra especie extraña.
miércoles, diciembre 3
386
Tal vez me digas que especulo, pero entonces yo te pregunto, quién no lo hace y más en estos ambientes donde al unísono se le ven múltiples caras al aburrimiento. 361. No me retracto. Todo esto que digo lo está pensando el vigilante. Y sí me dices no, te digo que la tuya no es menos especulación que la mía. 82. Míralo, observa con qué ritmo sacude su pierna en un sube y baja constante. Rápidamente, talón arriba y abajo varias veces con ahínco para luego asentarlo y quedarse completamente quieto. Fíjate bien. Él es quien marca, ahí recostado a la pared y sin saberlo, la ansiedad de las otras piernas que repiten los mismos movimientos. 362. ¿Ves? Comenzó de nuevo, le vibra la papada, esa extraña ración de grasa en su flacura y nos tocan esos raros segundos de agitación en nuestros asientos de espera pues el vecino mimetizó el compás, sin importarle que las sillas están pegadas en hilera y que todos en la fila sentimos su angustia rebosarse moviendo nuestras mejillas, cerebros y cabellos. 83. Me incomoda, pero no es de mí de quien hablo, sino del vigilante. Todos creen que realizan acciones menos él, quien más intensamente debe sentir este lugar, este pedazo de la nada suspendido en el tiempo de unas agujas de reloj: un banco que abre a las 8: 30 a.m. y cierra a las 3:30 p.m. (para los demás, no para él), lleno de civiles, foráneos, gerentes, empleados, uniformados, trabajadores, gente y otras cosas parecidas. 369. Si eliminamos por un momento el consenso sobre el valor de todos estos papeles que aquí deambulan, sería sólo una inexplicable cámara de gas donde miles de ojos nerviosos se huelen entre sí esperando la ejecución, 87, sin embargo, aún sin eliminarlo, sigue siendo un recinto detenido en el ocio de las dinámicas cotidianas. Es un frasco frío adicto a acaparar las historias naturales y/o artificiales más feas o fascinantes o retorcidas. 372. Tiene su propio lenguaje, es una masa de ruido vacío, es la representación en miniatura del poder del humano para crear estructuras aún más poderosas que el mismo, implacables muestras de voluntad destructiva propia y ajena. 95. Pero yo insisto en el vigilante, que mira con tanto fervor a esa rubia en cola, casi vestida de fucsia, pues sobresalen más sus carnes pálidas que el color. El hombre se la quiere tragar con la pulsión que produce el stand by de la existencia allí abajo en algunos sexos que se dilatan y contraen durante ciertos eventos. 99. Él no puede evitar su demencia de la que no tiene idea, porque piensa que es normal, que trabajar en un lugar así es normal, que un lugar así es normal. 377. Porque quizás estos métodos son normales. Su pierna se arrebata y continúa cada vez más bélica. Con apatía pero agresiva. Igual la del vecino y la de otros tantos. 378. Él los observa, todos llevan un rictus, hasta quienes ríen y sonríen. Todos están solos, hasta los acompañados. Todos están muertos. 100. Uno, dos, tres, cuatro, quince y para. Mira a ambos lados. Cuánto tiempo ha pasado allí, quizás cinco horas o tres siglos o un milenio. ¿Ves? Todos somos asesinos flotantes, nadie toca el suelo que se evapora en distintos humores, sudores y perfumes penetrantes. 103. Aquí todo transcurre prolijamente sin transcurrir, tan lento como veloz, en pausa vertiginosa. 105. Esta forma es sólo una evolución del enigma, es sólo unos metros cúbicos del misterio. Es el pasado, el presente y el futuro superpuesto. 380. Por eso él llega a su casa y grita, explota con su boca o con alguna otra porción de su cuerpo. La rubia siente una mirada encima más pesada que las demás, la busca, son demasiados kilos sobre ella, la encuentra, es sólo un vigilante, no le interesa, sigue entretenida con su celular. 106. Una bomba de tiempo, una granada de vértigo, esta norma va a detonar, baúl de horas difuntas y aire acondicionado, 383, cementerio abstracto, hueco matemático congelado, eufemismo de rutina en cava, frízer de cadáveres infelices cuando van a pagar y cadáveres exquisitos cuando van a cobrar, 386, es mi turno.
viernes, octubre 31
Ecos
-En estas matas de coco hay murciélagos-, me advierte el viejito dueño de la casa costera, mientras sigue alimentando a sus perros playeros y tres gatos de pose elegante velan la palangana de arroz mazacotudo desde el muro. Yo callo y miro hacia las palmeras. Lo imaginé, anoche los escuché agudos como silvidos, los vi. Pero estos murciélagos también son diurnos (no estoy segura si continuó el hombre o me lo dijo alguna otra voz) y habitan la superficie de tus pasos, esa que aún se oye desde la noche, esa atemorizada que ve sus ráfagas voladoras cuales manchas del espacio irreal que todo lo atraviesa. Sí, ellos son los pensamientos. Miserias volátiles, sombras agitadas que huyen de la luz y las miradas aún estando bajo el sol. Negras estrellas fugaces, pájaros malditos, repeticiones infinitas del hábito, las ideas y recuerdos. No hieren cuellos, pero sí chupan sustancias, se esconden y no puedes atajarlos. Son los cantos inasibles de la muerte y la vida.
jueves, octubre 23
Hola
Jean Cocteau
Anoche te vi, miento, fue justo al llegar la mañana. Me contabas sobre tu frustración por no haber sido una estrella del rock (“rockstar”, lo decías en inglés) y yo te escuchaba acompañándote en tu dolor, pero ahora lúcida en verdad la confesión me da risa. En una de esas extrañas yuxtaposiciones de la vida ya no nos conocíamos más, como antes, como ahora, y tú estabas delante de mi espacio separado por una callejuela, sumergido en un estanque de vino tinto, relajado con medio cuerpo afuera, mientras todo lo observabas cual voyeur disfrutando mis movimientos, mis tonterías y yo continuaba hablando, hacía mil cosas pero intuía tu presencia casi ausente. Atento y ebrio pronto me emborrachaste. Tácitamente todas mis acciones, conversaciones y ojeadas furtivas iban dirigidas a ti también, no podías quitarme la vista de encima y yo quería cruzar a tu lugar y besar tu frente ofendida por el tiempo pero supuestamente yo no sabía nada y me aguantaba. Todo esto es una visión o un recuerdo soez, lo que no entiendo es que yo me llamaba Lolita pero ya era una mujer, como después, como ahora, más bien me debería de haber llamado Lola, una Lola cualquiera, pero no la adolescente, sino cualquier otra, una mujer joven llamada Lola. La desproporción seguía porque tú también eras mayor que el profesor pedofílico. En fin, apareció de repente en escena una escalera muy larga, casi infinita, como las de los barrios en cerros o las del cielo, no estoy segura si ésta bajaba, subía o era de opio: en caída horizontal, lo cierto es que partí en ella y tú con aparente indiferencia, mirándome -con curiosidad o admiración o compasión o ternura o afecto o amor o adoración o temor u obsesión u odio (porque es y no es lo mismo)- cada vez más lejana, y yo sin decirte adiós.
miércoles, octubre 15
Pigmentos
Mario Benedetti
Transparencia
Rocía, después llueve y entra la tempestad.
Diluvio escabroso que abarrota todos los sonidos con sus gotas de terror, gruesos escupitajos de Dios. Truena y se hace demasiado abrupta la presencia del mundo vigilante, la celda del pensamiento. No hay nada más absurdo que esta agua cayendo del cielo, mojándonos, silenciándonos hasta los huesos.
¡Cállate! Que desde arriba viene este portento celestial.
Pero sí, hay algo más absurdo y tiene que ver con la imposibilidad del lenguaje: escribir y creer que en las palabras está la única quimera probable, el único reino posible. Y peor aún, mostrarlo.
¿Hay algo más estúpido que vulnerar mi intimidad exhibiéndome como una letra rota ante tus ojos?
Vibraciones
Revienta el vidrio que me contiene desde su cimiento y deja a tus manos libres de mi hogar. Traspapela miedos y palabras, llena tus dedos de mi saliva y reescribe la nueva herencia: reparte todos los bienes a otros y deja sólo para mí tu voz, esa, la que aún no he escuchado.
sábado, octubre 11
Espejito
Sobrevolando cerca de las aguas del Estrecho de Florida, van temblando más por la turbulenta avioneta bimotor que por miedo o tetas grandes. Dos morenas y dos trigueñas bastante delgadas y con un trasero tropical, dispuestas a llegar a aquella isla inhóspita y secretamente desdibujada en el mapa del Atlántico, donde cuatro guardianes las recibirán junto con el dinero al entregar la carga respectiva de cocaína proveniente de Colombia con destino a Cuba, República Dominicana y Miami. Ya están muy cerca, una de ellas vuelve a mencionarlo, salieron apuradas y necesita verse para pintarse al menos las cejas que no tiene y los labios pálidos. Las demás también y comienzan con una seria búsqueda en sus respectivos bolsos, por aquí debe estar, por acá, abre el cierre, algo que brille, ninguna lo encuentra. -Listas para el aterrizaje- avisa algún tripulante, llegaron. No lo trajeron.
Aprendiz
Luego de comer ella se le acerca con cara de ganas, saca un caramelo de menta del bolsillo, lo abre y le dice –saboréalo hasta que se deshaga sin morderlo, mientras me besas-. Es importante que no lo mastiques antes. Lo introduce en su boca y como una piedra helada se adhiere a una mejilla, un lengüeteo de un rato y se despega dejando una especie de marca peluda, agridulce y fría para mudarse a la otra y se queda allí otro tanto. Los labios se unen y desunen en tiempos cortos y el susodicho cada vez más resbaloso se queda un minuto en el paladar. Las puntas de las lenguas -una autoritaria y la otra más bien un poco torpe- se tocan, pelean, juegan, separan y en una gran tragada de saliva casi lo engulle pero sólo toca alegremente la campana y asustadizo se esconde bajo la lengua; allí pasa otros minutos y de un jalón vuelve al centro de la boca y sigue recorriendo lugares obscenos antes insospechados advertidos ahora únicamente por la consciencia del afán. Cada vez más disuelto sigue dibujando abstracciones mentoladas dejando también estelas en las muelas, y el melado va bajando como si estuviera ovulando dentro de ella y poco a poco va humedeciendo su otra boca, sus otros labios, sus otros dientes y cuando ya no hay caramelo sólido le dice –ahora sabes lo que dura en derretirse. Ya puedes morder-.
domingo, octubre 5
Poros
Continúa escribiéndole con tinta azul unos versos de Ludovico Silva en el brazo, en la espalda unos de Oscar Wilde, junto al ombligo unos de Bandeira, alrededor de un pezón uno de Cavafis, alrededor del otro una frase de Miller y en el vientre plano una del Marqués de Sade. Cuando ve que el único espacio libre es el del muslo derecho cerca de la ingle, la complace con un párrafo completo de Anais Nin, la favorita de Emily. Al terminar de apuntar “el esperma era un veneno, un amor que era veneno”, recuesta su cabeza en el escritorio sobre el papel rayado y se queda dormido con el bolígrafo en su mano. En ese mismo instante, Emily, situada en otra ciudad, está dispuesta a bañarse. Se desnuda, entra a la ducha, abre llaves y tantea temperaturas, frío, tibio, caliente, se sumerge y con ayuda del jabón, su piel poco a poco comienza a escurrir agua oscura en todo el piso teñido de azul.
viernes, octubre 3
Columpio
martes, septiembre 30
Musa
“Eres mi musa”, dices. Y crees que siempre puedes saberme con tu semiótica sudada y barata. Pero así no son las cosas. Vamos, continúa quitando capas de pintura, empalideciendo mis refugios, sonrojando mis cueros con una violencia sutil para la que sólo existe el presente, mientras la percusión algún día dejará de sonar. Yo, caminante, ya huelo a ti y cada vez tengo más calor. Al menos te agradezco la fidelidad de tus besos. Eres arrogante y vanidoso porque sabes que siempre puedes rendirme bajo tu cuerpo aunque a veces, sol, prefiera la noche.
El pájaro
Anoche estaba escribiendo algo hermoso en esta página blanca, de repente comencé a escuchar un piar bastante molesto, pues no era un canto de pajarillo, no, era fuerte, peleón y se agudizaba cada vez más, como esos que uno escucha a veces al alba, con la diferencia de que los tonos distintos de las aves diurnas armonizan con el sol y lejos de incomodar, dan una bienvenida amable al resto del día. Pero éste se oía solo, nocturno y alterado. Con un intento de paciencia, seguí mi faena dándole un rato para que se callara. Pero nada, seguía protestando como esquizoide. Mi tedio comenzó a ser curiosidad y luego compasión: podría ser un pichón perdido o estar herido. Decidí salir a la calle. Por un rato estuve mirando hacia todas partes buscando de dónde provenía aquel fastidio emplumado, hasta que lo vi allí, en el asfalto. Negro y robusto como un perro con extremidades de gallina. Era feo, tosco, era la vergüenza con patas de los alados. Lo vi y él me vio. Los dos quietos por un rato de intriga, hasta que se volteó con un brinquito y se alejó dando pasos muy cortos, ni siquiera volando, sólo se escuchaban sus pezuñas como espolones y así no más desapareció el muy astuto en la negrura. Yo entré de nuevo y continué. Creo que lo único que quería era que no escribiera algo hermoso en esta página blanca.
domingo, septiembre 28
Cigarrillo mágico
Su amigo le confesó que había sido un robo en una tienda peruana de objetos paranormales y ancestrales. Tomó la cajetilla negra y le obsequió un ejemplar advirtiéndole que, al parecer, podían suceder cosas curiosas como que el humo no ascendiera sino todo lo contrario. Arnoldo lo aceptó incrédulo. Una vez en su hogar, inquieto buscó fuego para probarlo. Ya sentado en la sala despejada, lo tenía entre sus dedos y lo encendió. Al instante miró hacia el suelo de madera y notó que todo había sido un mito para idiotas y enseguida cerró los ojos. Ya relajado, dispuesto para otras bocanadas, no quiso abrir los ojos porque recordó que su casa no tenía piso de parqué sino techo machihembrado.
lunes, septiembre 15
Instrumento de viento
lunes, septiembre 8
Círculos perrunos
Polvo
martes, agosto 12
Cortina gris con óvalos blancos
En estos momentos, viéndola fallecida y mientras poco a poco se deja recibir por el ansioso prurito del futuro cambio, la contempla blanda por vez primera, a través de la oscuridad de esos generosos surcos faciales tan profundos como el hastío de saber, que desde unos minutos en adelante, no habrá moscas únicamente en Mayo.
lunes, abril 28
Dulce tan dulce
Lunes
lunes, marzo 31
Julieta
Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.
Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

