Ningún gesto sorpresivo arrancado de esa escena de ojos grandes y hundidos. Mirando el calendario, que hoy indica 14 de Mayo, María Estela había experimentado la agonía de su abuela durante meses. En aquel tiempo sólo divagaba, mientras hervía las hierbas curativas, en el huérfano soliloquio que, sin esa ríspida y extremadamente conservadora vieja de noventa y dos años, hubiera vivido. La interminable pesadumbre de ser adolescente y tener que habitar con alguien, en un empalme cuyo tamaño de compatibilidad generacional existente nunca fue mayor que el largo por ancho de la cortina gris con óvalos blancos que divide los dormitorios imaginarios, en tan estrecho espacio de una habitación tipo estudio, se había convertido, durante esos últimos días, en un agradecimiento incomprensible que imponente, invadía todo su ser. Ya no era tan aguda la casi insostenible rutina de convivencia, María Estela sólo quería que su abuela, su única sangre compartida, siguiera viva.
En estos momentos, viéndola fallecida y mientras poco a poco se deja recibir por el ansioso prurito del futuro cambio, la contempla blanda por vez primera, a través de la oscuridad de esos generosos surcos faciales tan profundos como el hastío de saber, que desde unos minutos en adelante, no habrá moscas únicamente en Mayo.
En estos momentos, viéndola fallecida y mientras poco a poco se deja recibir por el ansioso prurito del futuro cambio, la contempla blanda por vez primera, a través de la oscuridad de esos generosos surcos faciales tan profundos como el hastío de saber, que desde unos minutos en adelante, no habrá moscas únicamente en Mayo.

