Tal vez me digas que especulo, pero entonces yo te pregunto, quién no lo hace y más en estos ambientes donde al unísono se le ven múltiples caras al aburrimiento. 361. No me retracto. Todo esto que digo lo está pensando el vigilante. Y sí me dices no, te digo que la tuya no es menos especulación que la mía. 82. Míralo, observa con qué ritmo sacude su pierna en un sube y baja constante. Rápidamente, talón arriba y abajo varias veces con ahínco para luego asentarlo y quedarse completamente quieto. Fíjate bien. Él es quien marca, ahí recostado a la pared y sin saberlo, la ansiedad de las otras piernas que repiten los mismos movimientos. 362. ¿Ves? Comenzó de nuevo, le vibra la papada, esa extraña ración de grasa en su flacura y nos tocan esos raros segundos de agitación en nuestros asientos de espera pues el vecino mimetizó el compás, sin importarle que las sillas están pegadas en hilera y que todos en la fila sentimos su angustia rebosarse moviendo nuestras mejillas, cerebros y cabellos. 83. Me incomoda, pero no es de mí de quien hablo, sino del vigilante. Todos creen que realizan acciones menos él, quien más intensamente debe sentir este lugar, este pedazo de la nada suspendido en el tiempo de unas agujas de reloj: un banco que abre a las 8: 30 a.m. y cierra a las 3:30 p.m. (para los demás, no para él), lleno de civiles, foráneos, gerentes, empleados, uniformados, trabajadores, gente y otras cosas parecidas. 369. Si eliminamos por un momento el consenso sobre el valor de todos estos papeles que aquí deambulan, sería sólo una inexplicable cámara de gas donde miles de ojos nerviosos se huelen entre sí esperando la ejecución, 87, sin embargo, aún sin eliminarlo, sigue siendo un recinto detenido en el ocio de las dinámicas cotidianas. Es un frasco frío adicto a acaparar las historias naturales y/o artificiales más feas o fascinantes o retorcidas. 372. Tiene su propio lenguaje, es una masa de ruido vacío, es la representación en miniatura del poder del humano para crear estructuras aún más poderosas que el mismo, implacables muestras de voluntad destructiva propia y ajena. 95. Pero yo insisto en el vigilante, que mira con tanto fervor a esa rubia en cola, casi vestida de fucsia, pues sobresalen más sus carnes pálidas que el color. El hombre se la quiere tragar con la pulsión que produce el stand by de la existencia allí abajo en algunos sexos que se dilatan y contraen durante ciertos eventos. 99. Él no puede evitar su demencia de la que no tiene idea, porque piensa que es normal, que trabajar en un lugar así es normal, que un lugar así es normal. 377. Porque quizás estos métodos son normales. Su pierna se arrebata y continúa cada vez más bélica. Con apatía pero agresiva. Igual la del vecino y la de otros tantos. 378. Él los observa, todos llevan un rictus, hasta quienes ríen y sonríen. Todos están solos, hasta los acompañados. Todos están muertos. 100. Uno, dos, tres, cuatro, quince y para. Mira a ambos lados. Cuánto tiempo ha pasado allí, quizás cinco horas o tres siglos o un milenio. ¿Ves? Todos somos asesinos flotantes, nadie toca el suelo que se evapora en distintos humores, sudores y perfumes penetrantes. 103. Aquí todo transcurre prolijamente sin transcurrir, tan lento como veloz, en pausa vertiginosa. 105. Esta forma es sólo una evolución del enigma, es sólo unos metros cúbicos del misterio. Es el pasado, el presente y el futuro superpuesto. 380. Por eso él llega a su casa y grita, explota con su boca o con alguna otra porción de su cuerpo. La rubia siente una mirada encima más pesada que las demás, la busca, son demasiados kilos sobre ella, la encuentra, es sólo un vigilante, no le interesa, sigue entretenida con su celular. 106. Una bomba de tiempo, una granada de vértigo, esta norma va a detonar, baúl de horas difuntas y aire acondicionado, 383, cementerio abstracto, hueco matemático congelado, eufemismo de rutina en cava, frízer de cadáveres infelices cuando van a pagar y cadáveres exquisitos cuando van a cobrar, 386, es mi turno.
3.12.08
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