28.3.09

Carmen Simón

Luego de estirar el brazo y alcanzar el despertador para apagarlo, escucha que llueve. Es raro en pleno verano. Recuerda lo que se comenta del descontrol atmosférico por tanta contaminación y su mirada se queda fija en las gotas que chorrean los retazos del vitral redondo, donde también cuelga prodigiosa, una telaraña tornasol. Percibe un efecto prisma similar a un caleidoscopio, aunque no lo conoce, y se extraña con gusto. Si hubiera disfrutado un aparato de esos alguna vez, quizá no sentiría asombro. O talvez uno mayor. Hasta donde Carmen Simón recuerda (mala memoria, seguramente), nunca ha sido de los que se acuestan a observar el cielo buscándole formas a las nubes; es cosa inútil de melancólicos ociosos, ella no tiene tiempo para nada de eso. Pero aproximadamente tres meses atrás, luego del último trago en una taza blanca, se percató de que la borra de ese espeso café colombiano recientemente comprado (y que sabe muy bien) deja una llamativa mancha dibujada, a partir de la cual realiza conjeturas sobre el porvenir de su día. Es así como ha dejado de leer el horóscopo en el periódico y ha preferido el azar de su intuición visual, que se ha cumplido la mayoría de veces. Predisposición, quizá. Prefiere mantener el secreto porque a veces, sus premoniciones son sumamente aterradoras y afectan a otras personas, lo que le genera un remordimiento tal, que ha ido aprendiendo a disfrutar más el flagelo propio. Su entusiasmo nace cuando sabe que algo desagradable le ocurrirá a ella. Varias noches ha cavilado que lo malo que le ocurra no puede ser peor a que no le sobrevenga absolutamente nada.  Ese día, luego de hervir agua, colar el café y tomarlo, la borra le advierte algo terrible. La imagen de una muerta justo frente a su empresa, atropellada en la calle por un autobús. Con la ansiedad de estar segura que esa persona es ella misma corre a ducharse con agua fría, en la necesidad de volver a la realidad sin aquel pensamiento; se viste bien abrigada, se amarra rápidamente sus botas de invierno y al escampar un poco procura salir cuanto antes de su casa. Jalada de su crin húmeda, cuidadosa como nunca del tráfico atraviesa las calles una por una, como animal sigiloso, o loco, aunque un poco intimidada por su aprensión. Ya enfrente de la compañía, todavía al otro lado de la acera distingue que se acerca un único autobús como a veinte metros de distancia. Tiene dos opciones para eludir su presagio: o cruza la calle y entra guarecida primero que la muerte o se queda allí, sin moverse, para contemplarla. En unos instantes de indecisión opta por la segunda alternativa. Así el engendro se acerca cada vez más con su rugido oxidado y pasa lánguido pero veloz ante sus ojos. Ella se queda mirando la penúltima ventanilla del mismo, donde va una niña de suéter azul que también la mira a los ojos hasta que su cuello no le permite voltear más hacia atrás. A salvo ya, entre una estela de monóxido pasa la vía y tosiendo entra al edificio. 

El viudo

Junto a los muebles vestidos con sábanas amarillentas casi traslúcidas por el desgaste está el señor Risotto. Los arropa como para evitarles alguna alergia producida por el polvo. Mientras toca una desafinada pieza le cuenta de su aprendizaje musical autodidacta  con libritos de preludios fáciles y mucho oído admirador de varios; algunos latinoamericanos como Leo Blanco, Bebo y Chucho Valdés, De racco, Nishihara y Marianela Aparicio – su amor platónico – dice. También clásicos como Brahms, Liszt, Bethoven, Mozart, Georges Bizet, Bach, Clara Schumann, Chopin; jazzitas como Monk, Bill Evans, Duke Ellington y otros. Sus escasos pelos, todavía oscuros, le acarician el seboso cuero cabelludo que liso contrasta con la perfección de sus arrugadas líneas con puntos de fuga en su cara. Se detiene repentinamente, se levanta, va a su cuarto y regresa. Le trae una muestra de algunos cuadernos llenos de poesía inédita escrita por él desde su juventud, le recita un par de ellas y le asegura que como realmente se siente vivo es siendo maestro de niños. Es jubilado en docencia de literatura latinoamericana en una escuela de un barrio próximo, donde todavía es profesor suplente. – No hay nada como ver las luciérnagas infantiles empezando a alumbrar gracias a las letras- le comenta con esa misma iluminación pueril en sus ojos.

Antes disfrutaba recorrer países, ciudades y pueblos, pero ahora, cansado del mundo impostor, sólo disfruta salir de su casa para la escuela y viceversa.

Le pregunta su nombre, se excusa por no recordar, gajes de la edad, y la mira. Le dice que entonces tiene una tocaya, su hija, con la cual vivía hasta que se hizo azafata. Le muestra la foto de unos ojos inmensos adentro de un rostro afilado parecido al de Audrey Hepburn. -La imagino toda una actriz en las alturas de los aviones-, dice y vuelve a colocar el portarretrato sobre el piano para sentarse de nuevo y seguir tocando entre un olor a libro viejo. La escuchadora no dice nada, sólo continúa allí, en blanco y negro para él, encuadrada en una fotografía antigua, con un vestido rojo, guantes blancos y bucles rebotando en un coctel junto a su prometido, el joven Risotto. 

Dientes de perro

El taladro ahora llora como un niño abandonado, mientras él lo sostiene, lo mueve suavemente y piensa en que no debió haberle contestado de esa forma a la profesora de su hija Romina. –Es arrecho atender a más de veinte mocosos a la vez. Tampoco es tan mala la tipa-, justifica la amargura de la mujer.

El ritmo casi constante de la fresa es perfecto para los trances de Lucío. Ese ruido que le invita a divagar entre todo lo que hizo mal durante el día, la semana, el mes y en su vida. Es su ritual cotidiano de introspección y auto embate; su diaria faena mística, donde le pagan para recorrer lugares cómodamente sentado, exorcizándose.

No se puede quejar, tuvo la suerte de conseguir ese empleo como operario del laboratorio dental, sin haber obtenido ningún título académico de Técnico.

Recuerda aquel lunes por la mañana, cuando decidió salir a comprar el periódico a ver si por casualidad, ésta vez encontraba algún necesitado de servicios en carpintería.

Ese día, mientras iba caminando, pensaba en la anciana que fue descuartizada por un carpintero cuando terminó de empotrar su cocina en un apartamento de alguna avenida cercana. La ciudad cada vez estaba más violenta y bizarra. Se encontraba pesimista, imaginaba que después de ese caso, muchas iban a ser las previsiones tomadas por los ávidos de alguna obra. Necesitaba un cambio. Caminando hacia el quiosco, pasó por una peluquería donde cierto tipo de mujeres recurren en búsqueda de alargar sus uñas con geles decorados: flores, estrellas y Lunas Nuevas de colores combinables con su ropa. Recordó las de Yuliana, esas que dejaron estelas rojas enterradas en su espalda por unos cuantos días. Justo al lado, vio el aviso: -“SE PRECISA CERAMISTA CON EXPERENCIA PARA LABORATORIO DENTAL”-, escrito en marcador negro sobre cartulina verde fluorescente, lo que indicaba un poco de urgencia, improvisación y piratería. Sintió que era una señal. Si sabía modelar la madera con instrumentos especiales hasta lograr acabados perfectos en esquinas y bordes de los muebles, entonces podría llegar a crear piezas dentales si tan sólo le daban algunas instrucciones. Fue una pretensión ingenua, sin embargo, quizás debido a la premura que el dueño del negocio tenía, decidió tomarse la molestia de ir entrenándolo poco a poco.

–Alomejor también me vio cara de bueno, de pendejo- piensa, mientras sigue terminando las últimas piezas del día. El tiempo ha pasado rápido. Ya lleva tres años en ese trabajo cada vez más adictivo. Desde el principio fue muy divertido ver cómo la fusión entre el agua, el fuego y un polvo especial, iba formando una mezcla verde viscosa para el material de los moldes y luego de realizarlos, notar la infinidad de diferencias en la constitución maxilar de cada persona y lo mejor: devolver sonrisas. Es un acto de magia. Es como un juego en un mundo de dientes: colmillos, incisivos y molares. Encías, premolares y colmillos. Incisivos, lenguas, molares monstricos. Lenguas pequeñas, lenguas largas, lenguas de bruja. Dientones, dientes de ratón, dientes de ajo. Encías que bailan salsa, que lloran boleros, que cantan ópera. Colmillos de drácula, incisivos de mujer, molares de hombre y dientes de perro. 


...y por qué me estás rechazando

Por qué me estas olvidando

Por qué si yo fui quien te enamoró

Le di vida a tu corazón

Cuando te lo decepcionaron

Por qué conmigo has cambiado

Por qué me estas esquivando…

..Será que mi amor lo quieres cambiar

Será que me quieres cobrar

Lo que yo nunca te he causado…

..Contigo he sido chévere

Te acepto los errores del pasado

Tu mundo negro lo volví rosado

Porque estaba enamorado de ti, de ti…

 

-Señor Lucío, por favor .. ¿le podría bajar un poco de volumen a la música?.. y disculpe, es que en la oficina todavía no tengo internet y estoy en mi habitación terminando de escribir un informe que debo enviar para poder irme a otro compromiso.. y ¡disculpe!.. ¡gracias!-, le dice la nueva inquilina aturdida por el vallenato y un poco mareada por el químico.

Lucío ni se molesta en mirarla. Aprovecha que debe utilizar un tapa boca clínico azul para no intoxicarse tanto y eso le sirve de excusa para separar todos sus sentidos del entorno y pasearlos por otras realidades afuera de la ventana que lo alumbra. Además, se va a malacostumbrar a estar fastidiándolo y no tiene ni dos meses alquilada en esa habitación; cuando él ya tiene años trabajando ahí y nunca ha tenido que bajarle volumen a su música, lo único que hace variar un poco su rutina. (-¡Que se vaya a joder a otro, bastante tengo yo con mis vainas!. Ni los jefes me han dicho nunca nada para que venga esta a pedir.-)

 

..Dime lo que pasa

O ya te están calentando el oído

Lo sé porque el besar ya no es lo mismo

Siento que te me sales del camino sin hablar

Si ya no hay nada que te entusiasme pá estar conmigo

No estás atada, te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo..

 

Luego de una jornada, llega la residente de nuevo. 

-Buenas.. ¿y eso que todavía está aquí señor Lucío?, ya son casi las 9 de la noche.. ¿usted no trabaja hasta las 6?-

- Cuando hay trabajo, hay trabajo-

- No se deje explotar tanto señor Lucio. Hasta mañana.-

 

CORO

Y al que le van a dar le guardan (bis)

Y lo que no es pá mí, es pá otro

Lo que no es del perro se lo come el gato

Y lo que no es del gato se lo come el perro

 

II

Ay por qué saliste de luna

Por qué si te daba todo

No ves que ahora te van a criticar

Dime qué vas a contestar

Ya tu moral pondrás en duda

Estás viendo un espejismo

Te están ofreciendo estrellas

Dime qué ganas con portarte mal

Por qué me quieres terminar

Cometes una gran locura

Vas a dañar tu historia

Yo sigo con mi vida parrandera

Me buscaré otra hembra que me quiera

No me voy a echar a morir por ti, por ti, por ti

Si no dices nada

Es porque lo tenías bien escondido

Adórname la frente sin motivos

Desviando la corriente de tu río, para otro mar

Si ya no hay nada que te entusiasme pa’ estar conmigo

No estás atada te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo.

 

 

*Nota: Canción "Lo que no es de uno", compuesta por Fabián Corrales y cantada por Héctor Zuleta. (Colombia)