2.7.09

Sin título

Los grillos de la madrugada, dibujando una acústica en la inmensidad inerte, absorben algo de las almas que dormitan. Es por esto que la vigilia tiene alcances indecibles, igual que las palabras. Y por eso, a veces sin poder evitarlo, me seducen, me dominan o enamoran. A través de sus fisuras se escapa lo único real de la existencia, aquello ilógico que no es percibido por la convención de nuestros fáciles sentidos. Una fe atada. Una quisquillosa e irracional fe en las palabras y sus acoplamientos: los ruidos de otros seres, animales lejanos, mitológicos y largos de nueve cabezas, bípedos, cuadrúpedos, marinos, rastreros o celestes, son los que, dirigidos por el gran aliento sobrehumano, aceptan restablecer el pacto para mí. Incluso, la noche es clara. Alguna vez, a la edad de siete años, morí. Así he muerto y renacido otras veces, pero ninguna otra fuerza más vital, delicada y bella que ésta. Con fruición y de pie, sigo prendada a la trama más sublime. No sé nombrarla.

Alfabeto

Alguna vez, por muy increíble que parezca, se humanizaron estas letras del abecedario, cobrando infinitas formas de implacables hombrecillos que corrían atrás de mí para asesinarme. Los veía de día o de noche marcando sus señales insaciables, con sus armas en mano, carcajadas opacas y ojos iracundos saliendo desencajados de sus órbitas. Con una violencia llena de un gran poder hercúleo y casi sin darnos cuenta, aquellos aparentemente grandiosos duendes urbanos de sátira benigna que alguna vez con sus cuentos o fábulas y moralejas tanto nos gratificaron o instruyeron, se fueron transformando en potestades diabólicamente ofensivas reproduciéndose infinitamente cada vez más rápido. La A de pronto se convertía en MKGF!, y la B daba vueltas para volverse WRFXHTT, la C con saltos se hizo OKGKJH, la D trocaba en ZKUYFEQ, la I se volvió X y todo era un ruin desastre al querer perturbar o eliminar el orden de mis menesterosas e individuales letras anteriores. Y así, comencé a soñar con aquellas grafías macabras que cada vez más se propagaban y disfrutaban, con vil éxtasis entre sí, sus distintas imágenes malignas que vertiginosamente iban y agresivamente venían sin parar. Querían espantarme o vengarse de mí por no sé qué tan tétricas calamidades merecidas, hasta que un buen día, ante aquel espectáculo sanguinario, me rendí. Huí muy lejos y dejaron de perseguirme, o al menos dejé de ver sus sombras, ya no me aparecían como espectros, dejé de buscarlas. Ahora todo ha virado en un nuevo tiempo; la vida es nuevamente apacible y mis días se han llenado notablemente de luz, pero he de reconocer que colaboré en gran manera para aquel periódico amarillista de sucesos y calumnias: existir, mi paranoia, mi timidez, mi platónico lapsus demencial y probablemente mis imberbes deseos de cambiar el mundo también involucrados. Entendido esto, ahora extraño aquellos figurines que una remota vez me brindaron su amistad aún sin ellos saberlo. Me hicieron sonreír, reír y hasta casi llorar. Imposible no guardar simpatía para algunos o cariño para otros de aquellos remotos caracteres creativos y encantadores antes de aquel grotesco cambio. Olvido lo feo, recuerdo lo lindo, me quedo y me voy sin mirar atrás ni a los lados. Así dicen, ellos, que es la felicidad, poco rencorosa.

24.5.09

Paroxismo


Con una suerte de nostalgia mansa que aún no alcanza ser totalmente yegua, vengo a otro lugar desde alguno de esos mamertos (qué palabra tan fea) recorridos entre pueblos y montañas que tanto me gustan, que tanto alivio y reflexión proporcionan al espíritu. Me encantan, claro, las urbes, pero hay algo en ese aroma cenizo verde parecido al que tuve cerca durante la primera parte de mi infancia, con el cual me reconcilio siempre, que con sus cadillos se impregna en mi ropa por cortos o largos tiempos de descanso y/o trabajo rural. Y vengo pensando que algunas necedades pasadas se proyectan más de lo necesario. El quid vital y sus misterios. Tantos malentendidos e interpretaciones erróneas entre la gente. También en ese período intermedio -en extremo mezquino y descabellado- cuando comienzan a volatilizarse las esperanzas de tantas utopías (sociales, políticas, individuales, etc) juveniles. Entonces sobrevive una juventud deshabitada. Una recóndita cueva donde el nihilismo más intruso juega al Escondite junto a las deidades menos fraternales. Pienso poco en la peste porcina y mucho en este nick: Pupila, que uso -entre otros seudónimos- desde mi adolescencia. También he pensado mucho en Edipo, en mis dolores de cabeza y en este medio cibernético, cual dios terrible, que invisible y lejano cubre lo más noble de las esencias que allí deambulan mostrando, distorsionada y exageradamente, siempre lo más tremendo. Pero otro día será en el que cuente un cuento o un nocuento.





(P.D. el vengo es literal, referido al fin de semana pasado.)

27.4.09

Lectura

La adivina le advirtió que el amor hacia la literatura peligraba con la aproximación al personaje: -exceso de soberbia-, aseguró. Por eso era mejor seguir en el margen de las páginas, alimentar cercanía sólo con el protagonista imaginario de la historia y no con el de carne y hueso. Pero ya era tarde. De nada valió la exhortación libresca. Su abismo, después de todo, siempre ha sido su inevitable humanidad.

Escultura

-Evacué en tu cabeza- anunció el pájaro mayor que, luego de rondar el área, había sido el elegido por la contemplación de la Galatea de marfil, aquella blanca como la leche antes del excremento.

Sobre los signos (lo que fue, hace algunos años, mi tesis de grado)

Claude Lévi-Strauss, importante antropólogo y etnólogo del siglo XX, padre de la  escuela del estructuralismo basada en la lingüística de Saussure, en algún infértil momento de su experiencia, se vio en la necesidad de tomar prestado, de la filosofía tradicional, el concepto de signo para introducirlo en su discurso científico, no sólo con el fin de contrarrestar las teorías etnocéntricas, sino para advertir que la cultura era un sistema de comunicación simbólica que había que investigar más con curiosidad que con prejuicios. 

Lévi-Strauss (1949), describe:

   “Supongamos, pues, que todo lo que es universal en el hombre depende del orden de la naturaleza y se caracteriza por la espontaneidad, que todo lo que está sometido a una norma pertenece a la cultura y presenta los atributos de lo relativo y lo particular. Nos vemos entonces confrontados con un hecho o más bien con un conjunto de hechos que, a la luz de las definiciones anteriores, no distan mucho de aparecer como un escándalo: pues la prohibición del incesto presenta, sin el menor equívoco, e indisolublemente reunidos, los dos caracteres en los que hemos reconocido los atributos contradictorios de dos órdenes excluyentes: aquella prohibición constituye una regla, pero una regla que, caso único entre todas las reglas sociales, posee al mismo tiempo un carácter de universalidad.”


Así, Derrida también advierte que la anterior oposición se diluye: la prohibición del incesto es universal por lo que se le llamaría natural en ese sentido, pero al mismo tiempo, una prohibición es un sistema de normas sociales y en ese otro sentido, se le podría llamar también cultural.

A partir de ese momento, donde se adquieren elementos del discurso tradicional metafísico (signos de la filosofía) el rigor del valor verdad de Lévi-Strauss para estudiar las culturas, se reduce a un posible instrumento de estudio no siempre aplicable, sustituido ahora por el escepticismo, el mismo de ayer, hoy y siempre. 

Tomo este retazo de la Nada, después de estos años, para preguntarme: ¿cuántos otros escándalos (hechos, paradójicamente, universales y prohibidos a la vez) tácitos existen aún sin plantearse como tales? ¿Cuándo dejarán de exponerse como escándalos del juicio formalista y comenzarán a verse como escándalos inherentes al escepticismo? ¿Cuántas cosas tendrán que pasar antes? ¿cuánta gente tendrá que seguir sufriendo o muriendo?  

21.4.09

Sueños

Mitos nocturnos que, enmarañados entre sábanas, amanecen lejos.

 

Cinismo

Con un leve gesto facial o corporal, en medio de la noche, despierto en cama. 

¿Qué escena o ser imaginario tuvo la osadía de expulsarme así, sin recuerdo, de ese inframundo? 

Reflejos

Ocurrió algo y al unísono, un estremecimiento involuntario y raro que se llama carcajada. Pero mejor no te cuento porque cuando leamos esto, momentos después de escrito, nada nos hará tanta gracia. 

Dar y recibir

En noche de niebla una madre toma de la mano a su niña, mientras, la otra mano de la niña suelta un globo succionado por el cielo. 

Spektre

Tengo miedo de estas letras que, fantasmagóricas, se mueven. 

Adolescencia sin moda

¿Y yo qué hago con todo este aborto verbal que intenta decir y decir y no dice nada? No me conformo. No me, no, me, meno, nome, mono, emo no, no Emos por favor. No.

18.4.09

Ciclo

Nacen, crecen, se reproducen y mueren transformándose en un gramo de arena. No existe el cielo ni el infierno, sólo habrá desierto.

Cetáceo

A veces te veo en la boca de Moby Dick, esa ballena que te traga sin masticarte, sin saborearte, sin catarte. Esa que, cuando estás adentro un rato, te reduce, te asfixia, te aburre; entonces me extrañas. Me extrañas mucho. Pero igual tengo celos de Moby Dick. No es ella, es por mi naturaleza infantil, más que por la suya que sé sólo es de blanco papel.

Aquí

Yo sabía que mentías cuando me decías que eras demasiado feliz. Nadie (y ahí si no importa que no haya algún otro referente diferencial) nadie es demasiado feliz. 

28.3.09

Carmen Simón

Luego de estirar el brazo y alcanzar el despertador para apagarlo, escucha que llueve. Es raro en pleno verano. Recuerda lo que se comenta del descontrol atmosférico por tanta contaminación y su mirada se queda fija en las gotas que chorrean los retazos del vitral redondo, donde también cuelga prodigiosa, una telaraña tornasol. Percibe un efecto prisma similar a un caleidoscopio, aunque no lo conoce, y se extraña con gusto. Si hubiera disfrutado un aparato de esos alguna vez, quizá no sentiría asombro. O talvez uno mayor. Hasta donde Carmen Simón recuerda (mala memoria, seguramente), nunca ha sido de los que se acuestan a observar el cielo buscándole formas a las nubes; es cosa inútil de melancólicos ociosos, ella no tiene tiempo para nada de eso. Pero aproximadamente tres meses atrás, luego del último trago en una taza blanca, se percató de que la borra de ese espeso café colombiano recientemente comprado (y que sabe muy bien) deja una llamativa mancha dibujada, a partir de la cual realiza conjeturas sobre el porvenir de su día. Es así como ha dejado de leer el horóscopo en el periódico y ha preferido el azar de su intuición visual, que se ha cumplido la mayoría de veces. Predisposición, quizá. Prefiere mantener el secreto porque a veces, sus premoniciones son sumamente aterradoras y afectan a otras personas, lo que le genera un remordimiento tal, que ha ido aprendiendo a disfrutar más el flagelo propio. Su entusiasmo nace cuando sabe que algo desagradable le ocurrirá a ella. Varias noches ha cavilado que lo malo que le ocurra no puede ser peor a que no le sobrevenga absolutamente nada.  Ese día, luego de hervir agua, colar el café y tomarlo, la borra le advierte algo terrible. La imagen de una muerta justo frente a su empresa, atropellada en la calle por un autobús. Con la ansiedad de estar segura que esa persona es ella misma corre a ducharse con agua fría, en la necesidad de volver a la realidad sin aquel pensamiento; se viste bien abrigada, se amarra rápidamente sus botas de invierno y al escampar un poco procura salir cuanto antes de su casa. Jalada de su crin húmeda, cuidadosa como nunca del tráfico atraviesa las calles una por una, como animal sigiloso, o loco, aunque un poco intimidada por su aprensión. Ya enfrente de la compañía, todavía al otro lado de la acera distingue que se acerca un único autobús como a veinte metros de distancia. Tiene dos opciones para eludir su presagio: o cruza la calle y entra guarecida primero que la muerte o se queda allí, sin moverse, para contemplarla. En unos instantes de indecisión opta por la segunda alternativa. Así el engendro se acerca cada vez más con su rugido oxidado y pasa lánguido pero veloz ante sus ojos. Ella se queda mirando la penúltima ventanilla del mismo, donde va una niña de suéter azul que también la mira a los ojos hasta que su cuello no le permite voltear más hacia atrás. A salvo ya, entre una estela de monóxido pasa la vía y tosiendo entra al edificio. 

El viudo

Junto a los muebles vestidos con sábanas amarillentas casi traslúcidas por el desgaste está el señor Risotto. Los arropa como para evitarles alguna alergia producida por el polvo. Mientras toca una desafinada pieza le cuenta de su aprendizaje musical autodidacta  con libritos de preludios fáciles y mucho oído admirador de varios; algunos latinoamericanos como Leo Blanco, Bebo y Chucho Valdés, De racco, Nishihara y Marianela Aparicio – su amor platónico – dice. También clásicos como Brahms, Liszt, Bethoven, Mozart, Georges Bizet, Bach, Clara Schumann, Chopin; jazzitas como Monk, Bill Evans, Duke Ellington y otros. Sus escasos pelos, todavía oscuros, le acarician el seboso cuero cabelludo que liso contrasta con la perfección de sus arrugadas líneas con puntos de fuga en su cara. Se detiene repentinamente, se levanta, va a su cuarto y regresa. Le trae una muestra de algunos cuadernos llenos de poesía inédita escrita por él desde su juventud, le recita un par de ellas y le asegura que como realmente se siente vivo es siendo maestro de niños. Es jubilado en docencia de literatura latinoamericana en una escuela de un barrio próximo, donde todavía es profesor suplente. – No hay nada como ver las luciérnagas infantiles empezando a alumbrar gracias a las letras- le comenta con esa misma iluminación pueril en sus ojos.

Antes disfrutaba recorrer países, ciudades y pueblos, pero ahora, cansado del mundo impostor, sólo disfruta salir de su casa para la escuela y viceversa.

Le pregunta su nombre, se excusa por no recordar, gajes de la edad, y la mira. Le dice que entonces tiene una tocaya, su hija, con la cual vivía hasta que se hizo azafata. Le muestra la foto de unos ojos inmensos adentro de un rostro afilado parecido al de Audrey Hepburn. -La imagino toda una actriz en las alturas de los aviones-, dice y vuelve a colocar el portarretrato sobre el piano para sentarse de nuevo y seguir tocando entre un olor a libro viejo. La escuchadora no dice nada, sólo continúa allí, en blanco y negro para él, encuadrada en una fotografía antigua, con un vestido rojo, guantes blancos y bucles rebotando en un coctel junto a su prometido, el joven Risotto. 

Dientes de perro

El taladro ahora llora como un niño abandonado, mientras él lo sostiene, lo mueve suavemente y piensa en que no debió haberle contestado de esa forma a la profesora de su hija Romina. –Es arrecho atender a más de veinte mocosos a la vez. Tampoco es tan mala la tipa-, justifica la amargura de la mujer.

El ritmo casi constante de la fresa es perfecto para los trances de Lucío. Ese ruido que le invita a divagar entre todo lo que hizo mal durante el día, la semana, el mes y en su vida. Es su ritual cotidiano de introspección y auto embate; su diaria faena mística, donde le pagan para recorrer lugares cómodamente sentado, exorcizándose.

No se puede quejar, tuvo la suerte de conseguir ese empleo como operario del laboratorio dental, sin haber obtenido ningún título académico de Técnico.

Recuerda aquel lunes por la mañana, cuando decidió salir a comprar el periódico a ver si por casualidad, ésta vez encontraba algún necesitado de servicios en carpintería.

Ese día, mientras iba caminando, pensaba en la anciana que fue descuartizada por un carpintero cuando terminó de empotrar su cocina en un apartamento de alguna avenida cercana. La ciudad cada vez estaba más violenta y bizarra. Se encontraba pesimista, imaginaba que después de ese caso, muchas iban a ser las previsiones tomadas por los ávidos de alguna obra. Necesitaba un cambio. Caminando hacia el quiosco, pasó por una peluquería donde cierto tipo de mujeres recurren en búsqueda de alargar sus uñas con geles decorados: flores, estrellas y Lunas Nuevas de colores combinables con su ropa. Recordó las de Yuliana, esas que dejaron estelas rojas enterradas en su espalda por unos cuantos días. Justo al lado, vio el aviso: -“SE PRECISA CERAMISTA CON EXPERENCIA PARA LABORATORIO DENTAL”-, escrito en marcador negro sobre cartulina verde fluorescente, lo que indicaba un poco de urgencia, improvisación y piratería. Sintió que era una señal. Si sabía modelar la madera con instrumentos especiales hasta lograr acabados perfectos en esquinas y bordes de los muebles, entonces podría llegar a crear piezas dentales si tan sólo le daban algunas instrucciones. Fue una pretensión ingenua, sin embargo, quizás debido a la premura que el dueño del negocio tenía, decidió tomarse la molestia de ir entrenándolo poco a poco.

–Alomejor también me vio cara de bueno, de pendejo- piensa, mientras sigue terminando las últimas piezas del día. El tiempo ha pasado rápido. Ya lleva tres años en ese trabajo cada vez más adictivo. Desde el principio fue muy divertido ver cómo la fusión entre el agua, el fuego y un polvo especial, iba formando una mezcla verde viscosa para el material de los moldes y luego de realizarlos, notar la infinidad de diferencias en la constitución maxilar de cada persona y lo mejor: devolver sonrisas. Es un acto de magia. Es como un juego en un mundo de dientes: colmillos, incisivos y molares. Encías, premolares y colmillos. Incisivos, lenguas, molares monstricos. Lenguas pequeñas, lenguas largas, lenguas de bruja. Dientones, dientes de ratón, dientes de ajo. Encías que bailan salsa, que lloran boleros, que cantan ópera. Colmillos de drácula, incisivos de mujer, molares de hombre y dientes de perro. 


...y por qué me estás rechazando

Por qué me estas olvidando

Por qué si yo fui quien te enamoró

Le di vida a tu corazón

Cuando te lo decepcionaron

Por qué conmigo has cambiado

Por qué me estas esquivando…

..Será que mi amor lo quieres cambiar

Será que me quieres cobrar

Lo que yo nunca te he causado…

..Contigo he sido chévere

Te acepto los errores del pasado

Tu mundo negro lo volví rosado

Porque estaba enamorado de ti, de ti…

 

-Señor Lucío, por favor .. ¿le podría bajar un poco de volumen a la música?.. y disculpe, es que en la oficina todavía no tengo internet y estoy en mi habitación terminando de escribir un informe que debo enviar para poder irme a otro compromiso.. y ¡disculpe!.. ¡gracias!-, le dice la nueva inquilina aturdida por el vallenato y un poco mareada por el químico.

Lucío ni se molesta en mirarla. Aprovecha que debe utilizar un tapa boca clínico azul para no intoxicarse tanto y eso le sirve de excusa para separar todos sus sentidos del entorno y pasearlos por otras realidades afuera de la ventana que lo alumbra. Además, se va a malacostumbrar a estar fastidiándolo y no tiene ni dos meses alquilada en esa habitación; cuando él ya tiene años trabajando ahí y nunca ha tenido que bajarle volumen a su música, lo único que hace variar un poco su rutina. (-¡Que se vaya a joder a otro, bastante tengo yo con mis vainas!. Ni los jefes me han dicho nunca nada para que venga esta a pedir.-)

 

..Dime lo que pasa

O ya te están calentando el oído

Lo sé porque el besar ya no es lo mismo

Siento que te me sales del camino sin hablar

Si ya no hay nada que te entusiasme pá estar conmigo

No estás atada, te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo..

 

Luego de una jornada, llega la residente de nuevo. 

-Buenas.. ¿y eso que todavía está aquí señor Lucío?, ya son casi las 9 de la noche.. ¿usted no trabaja hasta las 6?-

- Cuando hay trabajo, hay trabajo-

- No se deje explotar tanto señor Lucio. Hasta mañana.-

 

CORO

Y al que le van a dar le guardan (bis)

Y lo que no es pá mí, es pá otro

Lo que no es del perro se lo come el gato

Y lo que no es del gato se lo come el perro

 

II

Ay por qué saliste de luna

Por qué si te daba todo

No ves que ahora te van a criticar

Dime qué vas a contestar

Ya tu moral pondrás en duda

Estás viendo un espejismo

Te están ofreciendo estrellas

Dime qué ganas con portarte mal

Por qué me quieres terminar

Cometes una gran locura

Vas a dañar tu historia

Yo sigo con mi vida parrandera

Me buscaré otra hembra que me quiera

No me voy a echar a morir por ti, por ti, por ti

Si no dices nada

Es porque lo tenías bien escondido

Adórname la frente sin motivos

Desviando la corriente de tu río, para otro mar

Si ya no hay nada que te entusiasme pa’ estar conmigo

No estás atada te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo.

 

 

*Nota: Canción "Lo que no es de uno", compuesta por Fabián Corrales y cantada por Héctor Zuleta. (Colombia)

16.2.09

Jauría

Se divisan en la arena, a unos metros del bar bajo el faro lunar. Hay días en donde están así, reunidos cerca de las personas y creemos que, a diferencia de nosotros, sólo se trata de instintos, pero yo no podría asegurarlo. Al menos se nota que no es incomodidad ni sorpresa pues ninguno ladra. Es sólo cercanía, contacto, olfateo. Mientras he pensado esto, ya he dado bastantes pasos, creo, aunque me confunde un poco esto sobre la velocidad de las reflexiones y más cuando hay música. Llego a la multitud en la pista de baile y volteo de nuevo hacia el otro lado; observo que entre todos aquellos perros hay uno protagonista, ubicado en el medio de los demás.

Me distrae el atropellado acento de la brasileña cuando gesticula algunas palabras que no logro entender y me señala un trigueño de camisa negra que la está mirando alternadamente desde hace rato. Ella le sonríe mientras él secretea con su respectivo grupo, sin disimular las ojeadas tribales reclamando reciprocidad, así que me hago la distraída porque por ahora estoy disfrutando mi trago y giro a un ángulo donde miro otra vez a los animales, los otros, esos que se nos parecen tanto.

Ahora sí distingo el centro. Es una perra. Como era de imaginarse. Al parecer, todos los demás son machos y ellos mismos lo comprueban al olisquearse sus genitales callejeros, sus rabitos mestizos largos jadeando a ritmos caribeños, llenos de pelos sucios y sueños costeros. Son perseguidos por perseguidores antes de que se intercambien el rol; se asemejan entre sí, pero cada uno actúa distinto al rastrearse con una babosa sonrisa común de oreja a oreja.

De repente, otra de ellas le insiste a la primera que hable un poco en portugués. Atenta me intereso por la petición. Dice algo que comienza por vocé, pero sin entender el resto capto que decididamente llegan los hombres para tantearnos un poco y ver quién desea bailar. Todas aceptan menos yo, y me toca pretender comunicarme con un sujeto que habla naturalmente otro idioma, aquí, en la Torre de Babel del trópico.

Entre cierta jovialidad que ameniza algunos ratos nuevos y desconocidos, llega el silencio tan esperado, ese para no esforzarse demasiado en otra lengua. En ese lapso la veo a ella, la tía de Florencia, quien también ha comenzado a bailar con su esposo en un momento de metamorfosis. Nunca había visto tal lecho conyugal así de abierto. Con quince años de casados, piel grasosa y escurrida, arrugas enfrentadas estremeciéndose en el signo del placer y la vida, en un instante donde se saben mejores que nunca, con la seguridad que otorgan las vertientes caladas y los coitos infinitos, esa ternura agresiva de ansia mutua y orgasmos necesarios. Se hacen evidentes los sudores excitados que necesitan cariño, ya sabemos que todos estamos solos y que no entendemos nada. Pero aquí no. Aquí a la soledad gregaria se le hace agua la boca, la piel.

En el suelo, a mi derecha ahora más cerca, se sienta la perra, se para, se vuelve a sentar, engaña para evadirse un poco ante su celo, evitando, contrariamente a lo que creemos los humanos, que los del sexo opuesto se le monten. Pobre perrita indefensa. Pero la tía no, la veterana de cuarenta y ocho años, hoy vigorosa no resiente de lo prohibido, ni de la altivez hormonal de los veintitantos, ni de la fémina exuberancia treintañera. Hoy no deduce, ni censura porque está derramada de encanto, de beldad, hoy sólo quiere que su hombre la ame duro, tan duro como el volumen de esta bachata, trancadita, de cadencia jugosa. No sabemos hacia dónde pero todo se desliza sin peso mundano, y colocan merengue, cumbia, salsa, y luego reguetón, el abominable reguetón, pero no importa, aquí nos olvidamos de los clichés de la buena música. Aquí donde sólo hay fusión y carne no escuchamos letras ni sabemos mucho de pistas sonoras fáciles. Se abrazan en ondulantes cinturas anchas, alrededor de ellos no hay más nadie, están solos y al parecer, felices, lejos de la mierda. Los veo y recuerdo mis sandalias, las siento sujetando mis pies libres y mis tobillos zumbadores, dispuestos a moverse al ritmo, erguida en caderas sueltas frente a  esa serpiente gigante de agua salada, olas y diferentes gradaciones azuladas y negruzcas, esa rastrera multiforme de movimientos lascivos y de corazón mojado, dulce, recio, que penetra y hace el amor.

Y la veo, la tía abultada hoy se siente hembra, hoy no desvirtúa las sinrazones del erotismo ajeno, hoy tiene escamas y respira salitre por los bronquios de sus pulmones desgastados. Sabe que las menores suelen ser muy coquetas, pero hoy no hay juicio, entiende el fruto sensual de tiempos más tempranos, algo que ella casi había olvidado. Lo recuerda y lo vive, con su hombre, el de siempre.

Una manada viviendo la mitología ancestral del exotismo. Sonidos tamboriles que resuenan en los órganos, en los tuétanos. Hay caza de presa, retorno a lo primigenio de la atracción elemental, milenaria; reconociendo al otro en el lenguaje del cuerpo y el ruido, sin mucho artilugio. Hoy somos un poco más de nuestros antepasados.

A veces, sólo a veces, se vive bien sin pensar o sin creer que se piensa. Miro hacia abajo, me pasmo al detallar cómo van creciendo mis garras, los vellos de mis piernas comienzan a convertirse en pelaje y lo entiendo todo. Vamos a bailar pues varón moreno, que mañana no querré amanecer ni tan perra, ni tan humana, mañana amaneceré… .

Ajá, mañana quizás amaneceré así, tan de esa otra especie extraña.