31.3.08

Julieta


Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.

Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

9.3.08

La posmodernidad se pregunta: ¿Antonio Meucci o Alexander Graham Bell?

La vida es simple, pueril y casi, casi efectiva como una cotidiana cabina telefónica de un centro de conexiones público.
Es estar ahí, solo, encerrado al margen de un sórdido cubo, tratando de comunicarte con voces a veces disponibles, a veces ocupadas, a veces ausentes, pero todas desplazándose por un entramado de cables delirantes cuya electricidad es generada por la aturdida necesidad contradictoria del urgente espacio individual en contacto con la otredad.

- Repica y repica y no atiende.
- No está.
- ¿Aló?
- Está ocupado(a) para ti.
- ¡Hola!, estaba esperando tu llamada.

Si el ventilador extractor está dañado, como ahora, sonará parecido al ruido que gira constantemente en tu cerebro. Y allí afuera: la murga callejera –niños pidiendo chicle, cajas registradoras comiéndose monedas manoseadas por ancianas quienes adoran su chasquido, risas pegajosas y otras irritantes, gritos, rumores de miradas policiales, vigilantescas o watchimaneras, cornetas, números efímeros que tendrás que pagar, relojes tiránicamente desesperados, reguetón, y resonancias que hacen temblar las paredes ilusoriamente transparentes que te envuelven, indicando que otras voces alternas pelean para entrar a interrumpir, acompañar u opacar la tuya.-

Te desquicias, no entiendes nada en aquella ficción, sólo gesticulas frente a un espejo remedón que te imita pronunciando, a través del auricular, el salvaje, torpe, parasitario e inevitable conformismo desbordado de oír, decir, vivir y hacer sin seguir entendiendo nada.