3.12.08

386

Tal vez me digas que especulo, pero entonces yo te pregunto, quién no lo hace y más en estos ambientes donde al unísono se le ven múltiples caras al aburrimiento. 361. No me retracto. Todo esto que digo lo está pensando el vigilante. Y sí me dices no, te digo que la tuya no es menos especulación que la mía. 82. Míralo, observa con qué ritmo sacude su pierna en un sube y baja constante. Rápidamente, talón arriba y abajo varias veces con ahínco para luego asentarlo y quedarse completamente quieto. Fíjate bien. Él es quien marca, ahí recostado a la pared y sin saberlo, la ansiedad de las otras piernas que repiten los mismos movimientos. 362. ¿Ves? Comenzó de nuevo, le vibra la papada, esa extraña ración de grasa en su flacura y nos tocan esos raros segundos de agitación en nuestros asientos de espera pues el vecino mimetizó el compás, sin importarle que las sillas están pegadas en hilera y que todos en la fila sentimos su angustia rebosarse moviendo nuestras mejillas, cerebros y cabellos. 83. Me incomoda, pero no es de mí de quien hablo, sino del vigilante. Todos creen que realizan acciones menos él, quien más intensamente debe sentir este lugar, este pedazo de la nada suspendido en el tiempo de unas agujas de reloj: un banco que abre a las 8: 30 a.m. y cierra a las 3:30 p.m. (para los demás, no para él), lleno de civiles, foráneos, gerentes, empleados, uniformados, trabajadores, gente y otras cosas parecidas.  369. Si eliminamos por un momento el consenso sobre el valor de todos estos papeles que aquí deambulan, sería sólo una inexplicable cámara de gas donde miles de ojos nerviosos se huelen entre sí esperando la ejecución, 87, sin embargo, aún sin eliminarlo, sigue siendo un recinto detenido en el ocio de las dinámicas cotidianas. Es un frasco frío adicto a acaparar las historias naturales y/o artificiales más feas o fascinantes o retorcidas. 372. Tiene su propio lenguaje, es una masa de ruido vacío, es la representación en miniatura del poder del humano para crear estructuras aún más poderosas que el mismo, implacables muestras de voluntad destructiva propia y ajena. 95. Pero yo insisto en el vigilante, que mira con tanto fervor a esa rubia en cola, casi vestida de fucsia, pues sobresalen más sus carnes pálidas que el color. El hombre se la quiere tragar con la pulsión que produce el stand by de la existencia allí abajo en algunos sexos que se dilatan y contraen durante ciertos eventos. 99. Él no puede evitar su demencia de la que no tiene idea, porque piensa que es normal, que trabajar en un lugar así es normal, que un lugar así es normal. 377. Porque quizás estos métodos son normales. Su pierna se arrebata y continúa cada vez más bélica. Con apatía pero agresiva. Igual la del vecino y la de otros tantos. 378. Él los observa, todos llevan un rictus, hasta quienes ríen y sonríen. Todos están solos, hasta los acompañados. Todos están muertos. 100. Uno, dos, tres, cuatro, quince y para. Mira a ambos lados. Cuánto tiempo ha pasado allí, quizás cinco horas o tres siglos o un milenio. ¿Ves? Todos somos asesinos flotantes, nadie toca el suelo que se evapora en distintos humores, sudores y perfumes penetrantes. 103. Aquí todo transcurre prolijamente sin transcurrir, tan lento como veloz, en pausa vertiginosa. 105. Esta forma es sólo una evolución del enigma, es sólo unos metros cúbicos del misterio. Es el pasado, el presente y el futuro superpuesto. 380. Por eso él llega a su casa y grita, explota con su boca o con alguna otra porción de su cuerpo. La rubia siente una mirada encima más pesada que las demás, la busca, son demasiados kilos sobre ella, la encuentra, es sólo un vigilante, no le interesa, sigue entretenida con su celular. 106. Una bomba de tiempo, una granada de vértigo, esta norma va a detonar, baúl de horas difuntas y aire acondicionado, 383, cementerio abstracto, hueco matemático congelado, eufemismo de rutina en cava, frízer de cadáveres infelices cuando van a pagar y cadáveres exquisitos cuando van a cobrar, 386, es mi turno. 

31.10.08

Ecos

-En estas matas de coco hay murciélagos-, me advierte el viejito dueño de la casa costera, mientras sigue alimentando a sus perros playeros y tres gatos de pose elegante velan la palangana de arroz mazacotudo desde el muro. Yo callo y miro hacia las palmeras. Lo imaginé, anoche los escuché agudos como silvidos, los vi. Pero estos murciélagos también son diurnos (no estoy segura si continuó el hombre o me lo dijo alguna otra voz) y habitan la superficie de tus pasos, esa que aún se oye desde la noche, esa atemorizada que ve sus ráfagas voladoras cuales manchas del espacio irreal que todo lo atraviesa. Sí, ellos son los pensamientos. Miserias volátiles, sombras agitadas que huyen de la luz y las miradas aún estando bajo el sol. Negras estrellas fugaces, pájaros malditos, repeticiones infinitas del hábito, las ideas y recuerdos. No hieren cuellos, pero sí chupan sustancias, se esconden y no puedes atajarlos. Son los cantos inasibles de la muerte y la vida. 

15.10.08

Pigmentos

Las plantas oyen 
Si uno las lisonjea 
Se hinchan de verde

Mario Benedetti



-Esta planta desarraigada en un porrón, ya no es la misma bajo sombra. De noche apesta a vapores de clorofila, se la entregaré a la luz del viento-, dije. Desde entonces huele a ósmosis, a cópula fotosintética. Ahora en cada tallo amanecen, vulvas hinchadas. 

Transparencia

Rocía, después llueve y entra la tempestad.

Diluvio escabroso que abarrota todos los sonidos con sus gotas de terror, gruesos escupitajos de Dios. Truena y se hace demasiado abrupta la presencia del mundo vigilante, la celda del pensamiento. No hay nada más absurdo que esta agua cayendo del cielo, mojándonos, silenciándonos hasta los huesos.

¡Cállate! Que desde arriba viene este portento celestial.

Pero sí, hay algo más absurdo y tiene que ver con la imposibilidad del lenguaje: escribir y creer que en las palabras está la única quimera probable, el único reino posible. Y peor aún, mostrarlo.

¿Hay algo más estúpido que vulnerar mi intimidad exhibiéndome como una letra rota ante tus ojos?

Vibraciones

Revienta el vidrio que me contiene desde su cimiento y deja a tus manos libres de mi hogar. Traspapela miedos y palabras, llena tus dedos de mi saliva y reescribe la nueva herencia: reparte todos los bienes a otros y deja sólo para mí tu voz, esa, la que aún no escucho.

11.10.08

Espejito

Sobrevolando cerca de las aguas del Estrecho de Florida, van temblando más por la turbulenta avioneta bimotor que por miedo o tetas grandes. Dos morenas y dos trigueñas bastante delgadas y con un trasero tropical, dispuestas a llegar a aquella isla inhóspita y secretamente desdibujada en el mapa del Atlántico, donde cuatro guardianes las recibirán junto con el dinero al entregar la carga respectiva de cocaína proveniente de Colombia con destino a Cuba, República Dominicana y Miami. Ya están muy cerca, una de ellas vuelve a mencionarlo, salieron apuradas y necesita verse para pintarse al menos las cejas que no tiene y los labios pálidos. Las demás también y comienzan con una seria búsqueda en sus respectivos bolsos, por aquí debe estar, por acá, abre el cierre, algo que brille, ninguna lo encuentra. -Listas para el aterrizaje- avisa algún tripulante, llegaron. No lo trajeron.  

5.10.08

Poros

Continúa escribiéndole con tinta azul unos versos de Ludovico Silva en el brazo, en la espalda unos de Oscar Wilde, junto al ombligo unos de Bandeira, alrededor de un pezón uno de Cavafis, alrededor del otro una frase de Miller y en el vientre plano una del Marqués de Sade. Cuando ve que el único espacio libre es el del muslo derecho cerca de la ingle, la complace con un párrafo completo de Anais Nin, la favorita de Emily. Al terminar de apuntar “el esperma era un veneno, un amor que era veneno”, recuesta su cabeza en el escritorio sobre el papel rayado y se queda dormido con el bolígrafo en su mano. En ese mismo instante, Emily, situada en otra ciudad, está dispuesta a bañarse. Se desnuda, entra a la ducha, abre llaves y tantea temperaturas, frío, tibio, caliente, se sumerge y con ayuda del jabón, su piel poco a poco comienza a escurrir agua oscura en todo el piso teñido de azul. 

12 en punto

A media noche
elegante y solitaria
La cenicienta 
se retira del baile
y sale de meretriz.

3.10.08

Columpio

Casi anónima sonríes
Y el sol dora tu cabello.
¿Por qué, para ser feliz,
Es preciso no saberlo?

Fernando Pessoa




Reina de sus propias oscilaciones, es admirada por el niño. La inocencia desconoce los principios físicos implicados en el juego de péndulo doble, falda voladora, vaivén de piernas y cabellos de fuego. Hay que apagarlo, dice él. Corre hacia el baño de varones para orinar.

30.9.08

Musa

“Eres mi musa”, dices. Y crees que siempre puedes saberme con tu semiótica sudada y barata. Pero así no son las cosas. Vamos, continúa quitando capas de pintura, empalideciendo mis refugios, sonrojando mis cueros con una violencia sutil para la que sólo existe el presente, mientras la percusión algún día dejará de sonar. Yo, caminante, ya huelo a ti y cada vez tengo más calor. Al menos te agradezco la fidelidad de tus besos. Eres arrogante y vanidoso porque sabes que siempre puedes rendirme bajo tu cuerpo aunque a veces, sol, prefiera la noche. 

El pájaro

Anoche estaba escribiendo algo hermoso en esta página blanca, de repente comencé a escuchar un piar bastante molesto, pues no era un canto de pajarito, no, era fuerte, peleón y se agudizaba cada vez más, como esos que uno escucha a veces al alba, con la diferencia de que los tonos distintos de las aves diurnas armonizan con el sol y lejos de incomodar, dan una bienvenida amable al resto del día. Pero éste se oía solo, nocturno y alterado. Con un intento de paciencia, seguí mi faena dándole un rato para que se callara. Pero nada, seguía protestando como esquizoide. Mi tedio comenzó a ser curiosidad y luego compasión: podría ser un pichón perdido o estar herido. Decidí salir a la calle. Por un rato estuve mirando hacia todas partes buscando de dónde provenía aquel fastidio emplumado, hasta que lo vi allí, en el asfalto. Negro y robusto como un perro con extremidades de gallina. Era feo, tosco, era la vergüenza con patas de los alados. Lo vi y él me vio. Los dos quietos por un rato de intriga, hasta que se volteó con un brinquito y se alejó dando pasos muy cortos, ni siquiera volando, sólo se escuchaban sus pezuñas como espolones y así no más desapareció el muy astuto en la negrura. Yo entré de nuevo y continué. Creo que lo único que quería era que no escribiera algo hermoso en esta página blanca.

28.9.08

Cigarrillo mágico

Su amigo le confesó que había sido un robo en una tienda peruana de objetos paranormales y ancestrales. Tomó la cajetilla negra y le obsequió un ejemplar advirtiéndole que, al parecer, podían suceder cosas curiosas como que el humo no ascendiera sino todo lo contrario. Arnoldo lo aceptó incrédulo. Una vez en su hogar, inquieto buscó fuego para probarlo. Ya sentado en la sala despejada, lo tenía entre sus dedos y lo encendió. Al instante miró hacia el suelo de madera y notó que todo había sido un mito para idiotas y enseguida cerró los ojos. Ya relajado, dispuesto para otras bocanadas, no quiso abrir los ojos porque recordó que su casa no tenía piso de parqué sino techo machihembrado. 

15.9.08

Instrumento de viento

Ser músico era su sueño y hoy cumple ochenta años. Se sienta entre el público en pleno concierto de jazz. Lo acuesta en sus piernas. Lo acaricia. El viejo se convierte en el ejecutante principal de la banda musical. Lo mima. Ronronea el gato amarillo.

8.9.08

Círculos perrunos

Apenas ven un perro perseguirse su propia cola, algunas personas dementes lo imitan. Es inevitable y realmente no importa el lugar donde se encuentren, ni en cuántas ocasiones lo repitan. Dan vueltas sin parar hasta marearse de locura, encontrar una posición cómoda y echarse luego en descanso. Las historias de las peripecias y contorciones para morderse sus propias nalgas siempre han sido increíbles. En algunas personas se convierte en un acto de mucha gracia y belleza, pero en otras suele ser bastante risible y grotesco. En otras más raras, se presentan todas esas características juntas. Cuando está lloviendo es un espectáculo surrealista, porque todo pierde sus formas y el agua dispara hacia todas las direcciones. También pasa cuando el sol hace brillar las prendas y los dientes de los locos giradores, quienes entonces parecen girasoles. Pasan los años y todavía no han encontrado la cura para ese fenómeno circular de ir inutilmente tras el culo propio sin llegar nunca a alcanzarlo. Parece ser que es la decadente y preciosa condición de curiosidad humana ante su existencia en el mundo.

Polvo

Algunos domingos yo me despierto junto a él sin moverme, porque me gusta verlo sin que se de cuenta. A él le encanta leer mientras el nuevo hámster da vueltas ejercitándose en el aro de su jaula. Creo que es por el ensueño que le produce el sonido constante. Un día, se le resbaló el viejo hámster de la manos y en un santiamén desapareció. Lo buscamos en todos los huecos, muebles, bolsillos, desagües, zapatos. Pero nada. Hacía calor, frío. Oscurecía, alborecía. Buscando y buscando. Y nada. Pronto comenzaron a amanecer los libros roídos. Recuerdo haber leído en uno de los ejemplares científicos, que roedores como las ratas muerden, desgarran y soplan al unísono. Así van sucesivamente hasta que todo queda hecho polvo y sin hacer el menor ruido. Es un delicado gesto de amor. Poco a poco el viejo hámster fue amando delicadamente todos los libros. No quedó ninguno, sólo el que ahora él tiene en sus manos. Los hámsters son unas ratas. Él es una rata.

12.8.08

Cortina gris con óvalos blancos

Ningún gesto sorpresivo arrancado de esa escena de ojos grandes y hundidos. Mirando el calendario, que hoy indica 14 de Mayo, María Estela había experimentado la agonía de su abuela durante meses. En aquel tiempo sólo divagaba, mientras hervía las hierbas curativas, en el huérfano soliloquio que, sin esa ríspida y extremadamente conservadora vieja de noventa y dos años, hubiera vivido. La interminable pesadumbre de ser adolescente y tener que habitar con alguien, en un empalme cuyo tamaño de compatibilidad generacional existente nunca fue mayor que el largo por ancho de la cortina gris con óvalos blancos que divide los dormitorios imaginarios, en tan estrecho espacio de una habitación tipo estudio, se había convertido, durante esos últimos días, en un agradecimiento incomprensible que imponente, invadía todo su ser. Ya no era tan aguda la casi insostenible rutina de convivencia, María Estela sólo quería que su abuela, su única sangre compartida, siguiera viva.
En estos momentos, viéndola fallecida y mientras poco a poco se deja recibir por el ansioso prurito del futuro cambio, la contempla blanda por vez primera, a través de la oscuridad de esos generosos surcos faciales tan profundos como el hastío de saber, que desde unos minutos en adelante, no habrá moscas únicamente en Mayo.

28.4.08

Dulce tan dulce

Ya Dulce comienza a cabecear de nuevo. A veces no descansa y esa abrasiva hora después del medio día suele transferirla hacia un túnel de lóbregas visiones. Las veinticinco personitas que tiene al frente, a ratos, comienzan a difuminarse y a multiplicarse, los objetos se reproducen más rápido que los cuerpos y rostros, como tres o cinco veces más rápido; sacapuntas exhaustos, lápices confundidos, borradores melancólicos, portaminas angustiados, lapiceros balbuceadores, libros derrotados, cuadernos en incertidumbre, gorras en reclamo, faldas hirientes y pantalones desleales, mal puestos. Decide realizar una prueba que leyó en un libro de psicología moderna, no dice nada, sólo aguarda con expresión observadora, allí está, intérprete de la fórmula, con ojos independientes de todos los demás órganos impávidos en pose de espera, los jóvenes deberían reaccionar y captar el mensaje, tengo la suerte de tener muchos alumnos que piensan, se dice. Pero no se callan. No se quedan tranquilos. Mira a su derecha el aula vecina y por primera vez, envidia un poco el dominio de la clase que tiene el profesor Galué, iracundo por antonomasia, a quien todos temen. Ella no quiere alzar la voz y está agotada. Estudió Biología porque desde niña le encantaba experimentar y jugar con insectos y animales muertos y todo aquello se había convertido en una curiosa obsesión personal. Ya no le da tanto crédito a la Ciencia. Alguna vez había aceptado con ingenuidad y aprehensión todos esos conocimientos que poco a poco se habían ido aniquilando con sus propias armas discursivas. No hay remedio. Se levanta de la silla, agarra su cartera y camina hacia su derecha, atraviesa la puerta, cruza de nuevo a la derecha, luego otra vez. Ya en el baño, se asegura de cerrar con llave. Toma su cartera negra y roída, saca de uno de los bolsillos una pequeña bolsita, un carnet de identificación y un cartón enroscado en forma de fino cilindro que había diseñado con la factura de alguna compra. Realiza unos cuantos exactos movimientos estratégicos apoyándose de un colorido CD infantil que le compró ayer a Alejandrina, su hija de 5 años a quien está enseñando a leer, bifurca una dosis lineal de cocaína para cada fosa nasal e inhala dos veces con frenesí, contempla la carátula del CD por unos segundos de ternura asfixiante, mamá cómprame esa canción que está sonando, lo sacude, lo besa y guarda, apacigua el escozor con un gesto, guarda los demás utensilios, bombea el agua del tanque por costumbre, limpia de su nariz algunas partículas blancas congeladas, se lava las manos mientras mira con exquisito placer el austero esbozo de sí misma que le entrega el espejo. Contenta de que ésta vez no se trata de Aspirina pulverizada con Coca-colla, asesina lícita. Se seca las manos, se seca un poco la grasa del rostro, se retoca el maquillaje y sale de nuevo, cruza esta vez a la izquierda, otra vez y llega al salón, se coloca los lentes, arroja sus pertenencias en la mesa, traga amargamente y continúa de pie recitando fulgurante y efímera a sus alumnos, la parte que caprichosamente seleccionó para comenzar el tema de esa tarde: -Ahora vamos con Georges Louis de Buffon-, todos atentos toman asiento para escuchar, -éste científico naturalista francés decía que “el perfeccionamiento y la degeneración son una misma cosa, ya que ambos fenómenos implican una alteración de la construcción original”..-  

Lunes

Tras un sueño erótico Agustín despierta. El sonido aislado de la húmeda claridad matutina traspasa las persianas beige. Mira a su alrededor y está solo sobre una cama de sábanas blancas. Tres meses sin amor, despechado por una relación que duró años. Mira el reloj, recuerda que es lunes, debe irse, últimamente no ha tenido ánimos para ir a trabajar, pero hoy la dirección de sus comisuras labiales indican otra cosa. De pronto, entre tanta blancura, pliegues, relieves y una mancha mojada, un mapa mental lo invade: el tiempo, el espacio, la continuidad es una utopía. Una fantasía masturbada por el flujo constante de la galaxia y sus múltiples cuerpos palpitando. Una paradoja del cambio perenne. Un simulacro del tiempo artificial. Un pasaje del movimiento incesante que se rompe, se fragmenta sin parar como ola de mar. Piensa en la sal. Piensa en el negro. En los cambios de colores, entre el amarillo y el rojo el anaranjado, entre la oscuridad de la noche y la luz del día los sueños. Entre cada nuevo día está ese quiebre, los sueños. Ese trastorno desestructurado que nos permite aguantar un nuevo comienzo, la realidad que nos deja vivir la nueva ilusión, el nuevo día. Comienza a llover pero nada borra su sonrisa mientras se viste para salir.

31.3.08

Julieta


Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.

Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

9.3.08

La posmodernidad se pregunta: ¿Antonio Meucci o Alexander Graham Bell?

La vida es simple, pueril y casi, casi efectiva como una cotidiana cabina telefónica de un centro de conexiones público.
Es estar ahí, solo, encerrado al margen de un sórdido cubo, tratando de comunicarte con voces a veces disponibles, a veces ocupadas, a veces ausentes, pero todas desplazándose por un entramado de cables delirantes cuya electricidad es generada por la aturdida necesidad contradictoria del urgente espacio individual en contacto con la otredad.

- Repica y repica y no atiende.
- No está.
- ¿Aló?
- Está ocupado(a) para ti.
- ¡Hola!, estaba esperando tu llamada.

Si el ventilador extractor está dañado, como ahora, sonará parecido al ruido que gira constantemente en tu cerebro. Y allí afuera: la murga callejera –niños pidiendo chicle, cajas registradoras comiéndose monedas manoseadas por ancianas quienes adoran su chasquido, risas pegajosas y otras irritantes, gritos, rumores de miradas policiales, vigilantescas o watchimaneras, cornetas, números efímeros que tendrás que pagar, relojes tiránicamente desesperados, reguetón, y resonancias que hacen temblar las paredes ilusoriamente transparentes que te envuelven, indicando que otras voces alternas pelean para entrar a interrumpir, acompañar u opacar la tuya.-

Te desquicias, no entiendes nada en aquella ficción, sólo gesticulas frente a un espejo remedón que te imita pronunciando, a través del auricular, el salvaje, torpe, parasitario e inevitable conformismo desbordado de oír, decir, vivir y hacer sin seguir entendiendo nada.