Ya Dulce comienza a cabecear de nuevo. A veces no descansa y esa abrasiva hora después del medio día suele transferirla hacia un túnel de lóbregas visiones. Las veinticinco personitas que tiene al frente, a ratos, comienzan a difuminarse y a multiplicarse, los objetos se reproducen más rápido que los cuerpos y rostros, como tres o cinco veces más rápido; sacapuntas exhaustos, lápices confundidos, borradores melancólicos, portaminas angustiados, lapiceros balbuceadores, libros derrotados, cuadernos en incertidumbre, gorras en reclamo, faldas hirientes y pantalones desleales, mal puestos. Decide realizar una prueba que leyó en un libro de psicología moderna, no dice nada, sólo aguarda con expresión observadora, allí está, intérprete de la fórmula, con ojos independientes de todos los demás órganos impávidos en pose de espera, los jóvenes deberían reaccionar y captar el mensaje, tengo la suerte de tener muchos alumnos que piensan, se dice. Pero no se callan. No se quedan tranquilos. Mira a su derecha el aula vecina y por primera vez, envidia un poco el dominio de la clase que tiene el profesor Galué, iracundo por antonomasia, a quien todos temen. Ella no quiere alzar la voz y está agotada. Estudió Biología porque desde niña le encantaba experimentar y jugar con insectos y animales muertos y todo aquello se había convertido en una curiosa obsesión personal. Ya no le da tanto crédito a la Ciencia. Alguna vez había aceptado con ingenuidad y aprehensión todos esos conocimientos que poco a poco se habían ido aniquilando con sus propias armas discursivas. No hay remedio. Se levanta de la silla, agarra su cartera y camina hacia su derecha, atraviesa la puerta, cruza de nuevo a la derecha, luego otra vez. Ya en el baño, se asegura de cerrar con llave. Toma su cartera negra y roída, saca de uno de los bolsillos una pequeña bolsita, un carnet de identificación y un cartón enroscado en forma de fino cilindro que había diseñado con la factura de alguna compra. Realiza unos cuantos exactos movimientos estratégicos apoyándose de un colorido CD infantil que le compró ayer a Alejandrina, su hija de 5 años a quien está enseñando a leer, bifurca una dosis lineal de cocaína para cada fosa nasal e inhala dos veces con frenesí, contempla la carátula del CD por unos segundos de ternura asfixiante, mamá cómprame esa canción que está sonando, lo sacude, lo besa y guarda, apacigua el escozor con un gesto, guarda los demás utensilios, bombea el agua del tanque por costumbre, limpia de su nariz algunas partículas blancas congeladas, se lava las manos mientras mira con exquisito placer el austero esbozo de sí misma que le entrega el espejo. Contenta de que ésta vez no se trata de Aspirina pulverizada con Coca-colla, asesina lícita. Se seca las manos, se seca un poco la grasa del rostro, se retoca el maquillaje y sale de nuevo, cruza esta vez a la izquierda, otra vez y llega al salón, se coloca los lentes, arroja sus pertenencias en la mesa, traga amargamente y continúa de pie recitando fulgurante y efímera a sus alumnos, la parte que caprichosamente seleccionó para comenzar el tema de esa tarde: -Ahora vamos con Georges Louis de Buffon-, todos atentos toman asiento para escuchar, -éste científico naturalista francés decía que “el perfeccionamiento y la degeneración son una misma cosa, ya que ambos fenómenos implican una alteración de la construcción original”..-
28.4.08
Lunes
Tras un sueño erótico Agustín despierta. El sonido aislado de la húmeda claridad matutina traspasa las persianas beige. Mira a su alrededor y está solo sobre una cama de sábanas blancas. Tres meses sin amor, despechado por una relación que duró años. Mira el reloj, recuerda que es lunes, debe irse, últimamente no ha tenido ánimos para ir a trabajar, pero hoy la dirección de sus comisuras labiales indican otra cosa. De pronto, entre tanta blancura, pliegues, relieves y una mancha mojada, un mapa mental lo invade: el tiempo, el espacio, la continuidad es una utopía. Una fantasía masturbada por el flujo constante de la galaxia y sus múltiples cuerpos palpitando. Una paradoja del cambio perenne. Un simulacro del tiempo artificial. Un pasaje del movimiento incesante que se rompe, se fragmenta sin parar como ola de mar. Piensa en la sal. Piensa en el negro. En los cambios de colores, entre el amarillo y el rojo el anaranjado, entre la oscuridad de la noche y la luz del día los sueños. Entre cada nuevo día está ese quiebre, los sueños. Ese trastorno desestructurado que nos permite aguantar un nuevo comienzo, la realidad que nos deja vivir la nueva ilusión, el nuevo día. Comienza a llover pero nada borra su sonrisa mientras se viste para salir.
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