Anoche estaba escribiendo algo hermoso en esta página blanca, de repente comencé a escuchar un piar bastante molesto, pues no era un canto de pajarito, no, era fuerte, peleón y se agudizaba cada vez más, como esos que uno escucha a veces al alba, con la diferencia de que los tonos distintos de las aves diurnas armonizan con el sol y lejos de incomodar, dan una bienvenida amable al resto del día. Pero éste se oía solo, nocturno y alterado. Con un intento de paciencia, seguí mi faena dándole un rato para que se callara. Pero nada, seguía protestando como esquizoide. Mi tedio comenzó a ser curiosidad y luego compasión: podría ser un pichón perdido o estar herido. Decidí salir a la calle. Por un rato estuve mirando hacia todas partes buscando de dónde provenía aquel fastidio emplumado, hasta que lo vi allí, en el asfalto. Negro y robusto como un perro con extremidades de gallina. Era feo, tosco, era la vergüenza con patas de los alados. Lo vi y él me vio. Los dos quietos por un rato de intriga, hasta que se volteó con un brinquito y se alejó dando pasos muy cortos, ni siquiera volando, sólo se escuchaban sus pezuñas como espolones y así no más desapareció el muy astuto en la negrura. Yo entré de nuevo y continué. Creo que lo único que quería era que no escribiera algo hermoso en esta página blanca.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


1 comentario:
mija, creo que a veces nuestra conciencia no nos deja escribir,nuestra alma perturbada, pasiones que nos atormentan tal vez sea ese el pajaro negro que que hay en cada artista y que a veces no lo deja crear. Veo te inspiraste en el poema el cuervo de Edgar Allan Poe, claro que en vez de el tormento del amor a la amada es el tormento por no poder crear.
Publicar un comentario