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28.3.09

Dientes de perro

El taladro ahora llora como un niño abandonado, mientras él lo sostiene, lo mueve suavemente y piensa en que no debió haberle contestado de esa forma a la profesora de su hija Romina. –Es arrecho atender a más de veinte mocosos a la vez. Tampoco es tan mala la tipa-, justifica la amargura de la mujer.

El ritmo casi constante de la fresa es perfecto para los trances de Lucío. Ese ruido que le invita a divagar entre todo lo que hizo mal durante el día, la semana, el mes y en su vida. Es su ritual cotidiano de introspección y auto embate; su diaria faena mística, donde le pagan para recorrer lugares cómodamente sentado, exorcizándose.

No se puede quejar, tuvo la suerte de conseguir ese empleo como operario del laboratorio dental, sin haber obtenido ningún título académico de Técnico.

Recuerda aquel lunes por la mañana, cuando decidió salir a comprar el periódico a ver si por casualidad, ésta vez encontraba algún necesitado de servicios en carpintería.

Ese día, mientras iba caminando, pensaba en la anciana que fue descuartizada por un carpintero cuando terminó de empotrar su cocina en un apartamento de alguna avenida cercana. La ciudad cada vez estaba más violenta y bizarra. Se encontraba pesimista, imaginaba que después de ese caso, muchas iban a ser las previsiones tomadas por los ávidos de alguna obra. Necesitaba un cambio. Caminando hacia el quiosco, pasó por una peluquería donde cierto tipo de mujeres recurren en búsqueda de alargar sus uñas con geles decorados: flores, estrellas y Lunas Nuevas de colores combinables con su ropa. Recordó las de Yuliana, esas que dejaron estelas rojas enterradas en su espalda por unos cuantos días. Justo al lado, vio el aviso: -“SE PRECISA CERAMISTA CON EXPERENCIA PARA LABORATORIO DENTAL”-, escrito en marcador negro sobre cartulina verde fluorescente, lo que indicaba un poco de urgencia, improvisación y piratería. Sintió que era una señal. Si sabía modelar la madera con instrumentos especiales hasta lograr acabados perfectos en esquinas y bordes de los muebles, entonces podría llegar a crear piezas dentales si tan sólo le daban algunas instrucciones. Fue una pretensión ingenua, sin embargo, quizás debido a la premura que el dueño del negocio tenía, decidió tomarse la molestia de ir entrenándolo poco a poco.

–Alomejor también me vio cara de bueno, de pendejo- piensa, mientras sigue terminando las últimas piezas del día. El tiempo ha pasado rápido. Ya lleva tres años en ese trabajo cada vez más adictivo. Desde el principio fue muy divertido ver cómo la fusión entre el agua, el fuego y un polvo especial, iba formando una mezcla verde viscosa para el material de los moldes y luego de realizarlos, notar la infinidad de diferencias en la constitución maxilar de cada persona y lo mejor: devolver sonrisas. Es un acto de magia. Es como un juego en un mundo de dientes: colmillos, incisivos y molares. Encías, premolares y colmillos. Incisivos, lenguas, molares monstricos. Lenguas pequeñas, lenguas largas, lenguas de bruja. Dientones, dientes de ratón, dientes de ajo. Encías que bailan salsa, que lloran boleros, que cantan ópera. Colmillos de drácula, incisivos de mujer, molares de hombre y dientes de perro. 


...y por qué me estás rechazando

Por qué me estas olvidando

Por qué si yo fui quien te enamoró

Le di vida a tu corazón

Cuando te lo decepcionaron

Por qué conmigo has cambiado

Por qué me estas esquivando…

..Será que mi amor lo quieres cambiar

Será que me quieres cobrar

Lo que yo nunca te he causado…

..Contigo he sido chévere

Te acepto los errores del pasado

Tu mundo negro lo volví rosado

Porque estaba enamorado de ti, de ti…

 

-Señor Lucío, por favor .. ¿le podría bajar un poco de volumen a la música?.. y disculpe, es que en la oficina todavía no tengo internet y estoy en mi habitación terminando de escribir un informe que debo enviar para poder irme a otro compromiso.. y ¡disculpe!.. ¡gracias!-, le dice la nueva inquilina aturdida por el vallenato y un poco mareada por el químico.

Lucío ni se molesta en mirarla. Aprovecha que debe utilizar un tapa boca clínico azul para no intoxicarse tanto y eso le sirve de excusa para separar todos sus sentidos del entorno y pasearlos por otras realidades afuera de la ventana que lo alumbra. Además, se va a malacostumbrar a estar fastidiándolo y no tiene ni dos meses alquilada en esa habitación; cuando él ya tiene años trabajando ahí y nunca ha tenido que bajarle volumen a su música, lo único que hace variar un poco su rutina. (-¡Que se vaya a joder a otro, bastante tengo yo con mis vainas!. Ni los jefes me han dicho nunca nada para que venga esta a pedir.-)

 

..Dime lo que pasa

O ya te están calentando el oído

Lo sé porque el besar ya no es lo mismo

Siento que te me sales del camino sin hablar

Si ya no hay nada que te entusiasme pá estar conmigo

No estás atada, te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo..

 

Luego de una jornada, llega la residente de nuevo. 

-Buenas.. ¿y eso que todavía está aquí señor Lucío?, ya son casi las 9 de la noche.. ¿usted no trabaja hasta las 6?-

- Cuando hay trabajo, hay trabajo-

- No se deje explotar tanto señor Lucio. Hasta mañana.-

 

CORO

Y al que le van a dar le guardan (bis)

Y lo que no es pá mí, es pá otro

Lo que no es del perro se lo come el gato

Y lo que no es del gato se lo come el perro

 

II

Ay por qué saliste de luna

Por qué si te daba todo

No ves que ahora te van a criticar

Dime qué vas a contestar

Ya tu moral pondrás en duda

Estás viendo un espejismo

Te están ofreciendo estrellas

Dime qué ganas con portarte mal

Por qué me quieres terminar

Cometes una gran locura

Vas a dañar tu historia

Yo sigo con mi vida parrandera

Me buscaré otra hembra que me quiera

No me voy a echar a morir por ti, por ti, por ti

Si no dices nada

Es porque lo tenías bien escondido

Adórname la frente sin motivos

Desviando la corriente de tu río, para otro mar

Si ya no hay nada que te entusiasme pa’ estar conmigo

No estás atada te pongo al frente otro camino

Pero conmigo no vas a jugar

Ni voy a ser un sufrido

Si hay otro hombre que te gusta más

Vete y déjame tranquilo.

 

 

*Nota: Canción "Lo que no es de uno", compuesta por Fabián Corrales y cantada por Héctor Zuleta. (Colombia)

16.2.09

Jauría

Se divisan en la arena, a unos metros del bar bajo el faro lunar. Hay días en donde están así, reunidos cerca de las personas y creemos que, a diferencia de nosotros, sólo se trata de instintos, pero yo no podría asegurarlo. Al menos se nota que no es incomodidad ni sorpresa pues ninguno ladra. Es sólo cercanía, contacto, olfateo. Mientras he pensado esto, ya he dado bastantes pasos, creo, aunque me confunde un poco esto sobre la velocidad de las reflexiones y más cuando hay música. Llego a la multitud en la pista de baile y volteo de nuevo hacia el otro lado; observo que entre todos aquellos perros hay uno protagonista, ubicado en el medio de los demás.

Me distrae el atropellado acento de la brasileña cuando gesticula algunas palabras que no logro entender y me señala un trigueño de camisa negra que la está mirando alternadamente desde hace rato. Ella le sonríe mientras él secretea con su respectivo grupo, sin disimular las ojeadas tribales reclamando reciprocidad, así que me hago la distraída porque por ahora estoy disfrutando mi trago y giro a un ángulo donde miro otra vez a los animales, los otros, esos que se nos parecen tanto.

Ahora sí distingo el centro. Es una perra. Como era de imaginarse. Al parecer, todos los demás son machos y ellos mismos lo comprueban al olisquearse sus genitales callejeros, sus rabitos mestizos largos jadeando a ritmos caribeños, llenos de pelos sucios y sueños costeros. Son perseguidos por perseguidores antes de que se intercambien el rol; se asemejan entre sí, pero cada uno actúa distinto al rastrearse con una babosa sonrisa común de oreja a oreja.

De repente, otra de ellas le insiste a la primera que hable un poco en portugués. Atenta me intereso por la petición. Dice algo que comienza por vocé, pero sin entender el resto capto que decididamente llegan los hombres para tantearnos un poco y ver quién desea bailar. Todas aceptan menos yo, y me toca pretender comunicarme con un sujeto que habla naturalmente otro idioma, aquí, en la Torre de Babel del trópico.

Entre cierta jovialidad que ameniza algunos ratos nuevos y desconocidos, llega el silencio tan esperado, ese para no esforzarse demasiado en otra lengua. En ese lapso la veo a ella, la tía de Florencia, quien también ha comenzado a bailar con su esposo en un momento de metamorfosis. Nunca había visto tal lecho conyugal así de abierto. Con quince años de casados, piel grasosa y escurrida, arrugas enfrentadas estremeciéndose en el signo del placer y la vida, en un instante donde se saben mejores que nunca, con la seguridad que otorgan las vertientes caladas y los coitos infinitos, esa ternura agresiva de ansia mutua y orgasmos necesarios. Se hacen evidentes los sudores excitados que necesitan cariño, ya sabemos que todos estamos solos y que no entendemos nada. Pero aquí no. Aquí a la soledad gregaria se le hace agua la boca, la piel.

En el suelo, a mi derecha ahora más cerca, se sienta la perra, se para, se vuelve a sentar, engaña para evadirse un poco ante su celo, evitando, contrariamente a lo que creemos los humanos, que los del sexo opuesto se le monten. Pobre perrita indefensa. Pero la tía no, la veterana de cuarenta y ocho años, hoy vigorosa no resiente de lo prohibido, ni de la altivez hormonal de los veintitantos, ni de la fémina exuberancia treintañera. Hoy no deduce, ni censura porque está derramada de encanto, de beldad, hoy sólo quiere que su hombre la ame duro, tan duro como el volumen de esta bachata, trancadita, de cadencia jugosa. No sabemos hacia dónde pero todo se desliza sin peso mundano, y colocan merengue, cumbia, salsa, y luego reguetón, el abominable reguetón, pero no importa, aquí nos olvidamos de los clichés de la buena música. Aquí donde sólo hay fusión y carne no escuchamos letras ni sabemos mucho de pistas sonoras fáciles. Se abrazan en ondulantes cinturas anchas, alrededor de ellos no hay más nadie, están solos y al parecer, felices, lejos de la mierda. Los veo y recuerdo mis sandalias, las siento sujetando mis pies libres y mis tobillos zumbadores, dispuestos a moverse al ritmo, erguida en caderas sueltas frente a  esa serpiente gigante de agua salada, olas y diferentes gradaciones azuladas y negruzcas, esa rastrera multiforme de movimientos lascivos y de corazón mojado, dulce, recio, que penetra y hace el amor.

Y la veo, la tía abultada hoy se siente hembra, hoy no desvirtúa las sinrazones del erotismo ajeno, hoy tiene escamas y respira salitre por los bronquios de sus pulmones desgastados. Sabe que las menores suelen ser muy coquetas, pero hoy no hay juicio, entiende el fruto sensual de tiempos más tempranos, algo que ella casi había olvidado. Lo recuerda y lo vive, con su hombre, el de siempre.

Una manada viviendo la mitología ancestral del exotismo. Sonidos tamboriles que resuenan en los órganos, en los tuétanos. Hay caza de presa, retorno a lo primigenio de la atracción elemental, milenaria; reconociendo al otro en el lenguaje del cuerpo y el ruido, sin mucho artilugio. Hoy somos un poco más de nuestros antepasados.

A veces, sólo a veces, se vive bien sin pensar o sin creer que se piensa. Miro hacia abajo, me pasmo al detallar cómo van creciendo mis garras, los vellos de mis piernas comienzan a convertirse en pelaje y lo entiendo todo. Vamos a bailar pues varón moreno, que mañana no querré amanecer ni tan perra, ni tan humana, mañana amaneceré… .

Ajá, mañana quizás amaneceré así, tan de esa otra especie extraña.

3.12.08

386

Tal vez me digas que especulo, pero entonces yo te pregunto, quién no lo hace y más en estos ambientes donde al unísono se le ven múltiples caras al aburrimiento. 361. No me retracto. Todo esto que digo lo está pensando el vigilante. Y sí me dices no, te digo que la tuya no es menos especulación que la mía. 82. Míralo, observa con qué ritmo sacude su pierna en un sube y baja constante. Rápidamente, talón arriba y abajo varias veces con ahínco para luego asentarlo y quedarse completamente quieto. Fíjate bien. Él es quien marca, ahí recostado a la pared y sin saberlo, la ansiedad de las otras piernas que repiten los mismos movimientos. 362. ¿Ves? Comenzó de nuevo, le vibra la papada, esa extraña ración de grasa en su flacura y nos tocan esos raros segundos de agitación en nuestros asientos de espera pues el vecino mimetizó el compás, sin importarle que las sillas están pegadas en hilera y que todos en la fila sentimos su angustia rebosarse moviendo nuestras mejillas, cerebros y cabellos. 83. Me incomoda, pero no es de mí de quien hablo, sino del vigilante. Todos creen que realizan acciones menos él, quien más intensamente debe sentir este lugar, este pedazo de la nada suspendido en el tiempo de unas agujas de reloj: un banco que abre a las 8: 30 a.m. y cierra a las 3:30 p.m. (para los demás, no para él), lleno de civiles, foráneos, gerentes, empleados, uniformados, trabajadores, gente y otras cosas parecidas.  369. Si eliminamos por un momento el consenso sobre el valor de todos estos papeles que aquí deambulan, sería sólo una inexplicable cámara de gas donde miles de ojos nerviosos se huelen entre sí esperando la ejecución, 87, sin embargo, aún sin eliminarlo, sigue siendo un recinto detenido en el ocio de las dinámicas cotidianas. Es un frasco frío adicto a acaparar las historias naturales y/o artificiales más feas o fascinantes o retorcidas. 372. Tiene su propio lenguaje, es una masa de ruido vacío, es la representación en miniatura del poder del humano para crear estructuras aún más poderosas que el mismo, implacables muestras de voluntad destructiva propia y ajena. 95. Pero yo insisto en el vigilante, que mira con tanto fervor a esa rubia en cola, casi vestida de fucsia, pues sobresalen más sus carnes pálidas que el color. El hombre se la quiere tragar con la pulsión que produce el stand by de la existencia allí abajo en algunos sexos que se dilatan y contraen durante ciertos eventos. 99. Él no puede evitar su demencia de la que no tiene idea, porque piensa que es normal, que trabajar en un lugar así es normal, que un lugar así es normal. 377. Porque quizás estos métodos son normales. Su pierna se arrebata y continúa cada vez más bélica. Con apatía pero agresiva. Igual la del vecino y la de otros tantos. 378. Él los observa, todos llevan un rictus, hasta quienes ríen y sonríen. Todos están solos, hasta los acompañados. Todos están muertos. 100. Uno, dos, tres, cuatro, quince y para. Mira a ambos lados. Cuánto tiempo ha pasado allí, quizás cinco horas o tres siglos o un milenio. ¿Ves? Todos somos asesinos flotantes, nadie toca el suelo que se evapora en distintos humores, sudores y perfumes penetrantes. 103. Aquí todo transcurre prolijamente sin transcurrir, tan lento como veloz, en pausa vertiginosa. 105. Esta forma es sólo una evolución del enigma, es sólo unos metros cúbicos del misterio. Es el pasado, el presente y el futuro superpuesto. 380. Por eso él llega a su casa y grita, explota con su boca o con alguna otra porción de su cuerpo. La rubia siente una mirada encima más pesada que las demás, la busca, son demasiados kilos sobre ella, la encuentra, es sólo un vigilante, no le interesa, sigue entretenida con su celular. 106. Una bomba de tiempo, una granada de vértigo, esta norma va a detonar, baúl de horas difuntas y aire acondicionado, 383, cementerio abstracto, hueco matemático congelado, eufemismo de rutina en cava, frízer de cadáveres infelices cuando van a pagar y cadáveres exquisitos cuando van a cobrar, 386, es mi turno. 

31.3.08

Julieta


Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.

Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

9.3.08

La posmodernidad se pregunta: ¿Antonio Meucci o Alexander Graham Bell?

La vida es simple, pueril y casi, casi efectiva como una cotidiana cabina telefónica de un centro de conexiones público.
Es estar ahí, solo, encerrado al margen de un sórdido cubo, tratando de comunicarte con voces a veces disponibles, a veces ocupadas, a veces ausentes, pero todas desplazándose por un entramado de cables delirantes cuya electricidad es generada por la aturdida necesidad contradictoria del urgente espacio individual en contacto con la otredad.

- Repica y repica y no atiende.
- No está.
- ¿Aló?
- Está ocupado(a) para ti.
- ¡Hola!, estaba esperando tu llamada.

Si el ventilador extractor está dañado, como ahora, sonará parecido al ruido que gira constantemente en tu cerebro. Y allí afuera: la murga callejera –niños pidiendo chicle, cajas registradoras comiéndose monedas manoseadas por ancianas quienes adoran su chasquido, risas pegajosas y otras irritantes, gritos, rumores de miradas policiales, vigilantescas o watchimaneras, cornetas, números efímeros que tendrás que pagar, relojes tiránicamente desesperados, reguetón, y resonancias que hacen temblar las paredes ilusoriamente transparentes que te envuelven, indicando que otras voces alternas pelean para entrar a interrumpir, acompañar u opacar la tuya.-

Te desquicias, no entiendes nada en aquella ficción, sólo gesticulas frente a un espejo remedón que te imita pronunciando, a través del auricular, el salvaje, torpe, parasitario e inevitable conformismo desbordado de oír, decir, vivir y hacer sin seguir entendiendo nada.