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16.2.09

Jauría

Se divisan en la arena, a unos metros del bar bajo el faro lunar. Hay días en donde están así, reunidos cerca de las personas y creemos que, a diferencia de nosotros, sólo se trata de instintos, pero yo no podría asegurarlo. Al menos se nota que no es incomodidad ni sorpresa pues ninguno ladra. Es sólo cercanía, contacto, olfateo. Mientras he pensado esto, ya he dado bastantes pasos, creo, aunque me confunde un poco esto sobre la velocidad de las reflexiones y más cuando hay música. Llego a la multitud en la pista de baile y volteo de nuevo hacia el otro lado; observo que entre todos aquellos perros hay uno protagonista, ubicado en el medio de los demás.

Me distrae el atropellado acento de la brasileña cuando gesticula algunas palabras que no logro entender y me señala un trigueño de camisa negra que la está mirando alternadamente desde hace rato. Ella le sonríe mientras él secretea con su respectivo grupo, sin disimular las ojeadas tribales reclamando reciprocidad, así que me hago la distraída porque por ahora estoy disfrutando mi trago y giro a un ángulo donde miro otra vez a los animales, los otros, esos que se nos parecen tanto.

Ahora sí distingo el centro. Es una perra. Como era de imaginarse. Al parecer, todos los demás son machos y ellos mismos lo comprueban al olisquearse sus genitales callejeros, sus rabitos mestizos largos jadeando a ritmos caribeños, llenos de pelos sucios y sueños costeros. Son perseguidos por perseguidores antes de que se intercambien el rol; se asemejan entre sí, pero cada uno actúa distinto al rastrearse con una babosa sonrisa común de oreja a oreja.

De repente, otra de ellas le insiste a la primera que hable un poco en portugués. Atenta me intereso por la petición. Dice algo que comienza por vocé, pero sin entender el resto capto que decididamente llegan los hombres para tantearnos un poco y ver quién desea bailar. Todas aceptan menos yo, y me toca pretender comunicarme con un sujeto que habla naturalmente otro idioma, aquí, en la Torre de Babel del trópico.

Entre cierta jovialidad que ameniza algunos ratos nuevos y desconocidos, llega el silencio tan esperado, ese para no esforzarse demasiado en otra lengua. En ese lapso la veo a ella, la tía de Florencia, quien también ha comenzado a bailar con su esposo en un momento de metamorfosis. Nunca había visto tal lecho conyugal así de abierto. Con quince años de casados, piel grasosa y escurrida, arrugas enfrentadas estremeciéndose en el signo del placer y la vida, en un instante donde se saben mejores que nunca, con la seguridad que otorgan las vertientes caladas y los coitos infinitos, esa ternura agresiva de ansia mutua y orgasmos necesarios. Se hacen evidentes los sudores excitados que necesitan cariño, ya sabemos que todos estamos solos y que no entendemos nada. Pero aquí no. Aquí a la soledad gregaria se le hace agua la boca, la piel.

En el suelo, a mi derecha ahora más cerca, se sienta la perra, se para, se vuelve a sentar, engaña para evadirse un poco ante su celo, evitando, contrariamente a lo que creemos los humanos, que los del sexo opuesto se le monten. Pobre perrita indefensa. Pero la tía no, la veterana de cuarenta y ocho años, hoy vigorosa no resiente de lo prohibido, ni de la altivez hormonal de los veintitantos, ni de la fémina exuberancia treintañera. Hoy no deduce, ni censura porque está derramada de encanto, de beldad, hoy sólo quiere que su hombre la ame duro, tan duro como el volumen de esta bachata, trancadita, de cadencia jugosa. No sabemos hacia dónde pero todo se desliza sin peso mundano, y colocan merengue, cumbia, salsa, y luego reguetón, el abominable reguetón, pero no importa, aquí nos olvidamos de los clichés de la buena música. Aquí donde sólo hay fusión y carne no escuchamos letras ni sabemos mucho de pistas sonoras fáciles. Se abrazan en ondulantes cinturas anchas, alrededor de ellos no hay más nadie, están solos y al parecer, felices, lejos de la mierda. Los veo y recuerdo mis sandalias, las siento sujetando mis pies libres y mis tobillos zumbadores, dispuestos a moverse al ritmo, erguida en caderas sueltas frente a  esa serpiente gigante de agua salada, olas y diferentes gradaciones azuladas y negruzcas, esa rastrera multiforme de movimientos lascivos y de corazón mojado, dulce, recio, que penetra y hace el amor.

Y la veo, la tía abultada hoy se siente hembra, hoy no desvirtúa las sinrazones del erotismo ajeno, hoy tiene escamas y respira salitre por los bronquios de sus pulmones desgastados. Sabe que las menores suelen ser muy coquetas, pero hoy no hay juicio, entiende el fruto sensual de tiempos más tempranos, algo que ella casi había olvidado. Lo recuerda y lo vive, con su hombre, el de siempre.

Una manada viviendo la mitología ancestral del exotismo. Sonidos tamboriles que resuenan en los órganos, en los tuétanos. Hay caza de presa, retorno a lo primigenio de la atracción elemental, milenaria; reconociendo al otro en el lenguaje del cuerpo y el ruido, sin mucho artilugio. Hoy somos un poco más de nuestros antepasados.

A veces, sólo a veces, se vive bien sin pensar o sin creer que se piensa. Miro hacia abajo, me pasmo al detallar cómo van creciendo mis garras, los vellos de mis piernas comienzan a convertirse en pelaje y lo entiendo todo. Vamos a bailar pues varón moreno, que mañana no querré amanecer ni tan perra, ni tan humana, mañana amaneceré… .

Ajá, mañana quizás amaneceré así, tan de esa otra especie extraña.

3.12.08

386

Tal vez me digas que especulo, pero entonces yo te pregunto, quién no lo hace y más en estos ambientes donde al unísono se le ven múltiples caras al aburrimiento. 361. No me retracto. Todo esto que digo lo está pensando el vigilante. Y sí me dices no, te digo que la tuya no es menos especulación que la mía. 82. Míralo, observa con qué ritmo sacude su pierna en un sube y baja constante. Rápidamente, talón arriba y abajo varias veces con ahínco para luego asentarlo y quedarse completamente quieto. Fíjate bien. Él es quien marca, ahí recostado a la pared y sin saberlo, la ansiedad de las otras piernas que repiten los mismos movimientos. 362. ¿Ves? Comenzó de nuevo, le vibra la papada, esa extraña ración de grasa en su flacura y nos tocan esos raros segundos de agitación en nuestros asientos de espera pues el vecino mimetizó el compás, sin importarle que las sillas están pegadas en hilera y que todos en la fila sentimos su angustia rebosarse moviendo nuestras mejillas, cerebros y cabellos. 83. Me incomoda, pero no es de mí de quien hablo, sino del vigilante. Todos creen que realizan acciones menos él, quien más intensamente debe sentir este lugar, este pedazo de la nada suspendido en el tiempo de unas agujas de reloj: un banco que abre a las 8: 30 a.m. y cierra a las 3:30 p.m. (para los demás, no para él), lleno de civiles, foráneos, gerentes, empleados, uniformados, trabajadores, gente y otras cosas parecidas.  369. Si eliminamos por un momento el consenso sobre el valor de todos estos papeles que aquí deambulan, sería sólo una inexplicable cámara de gas donde miles de ojos nerviosos se huelen entre sí esperando la ejecución, 87, sin embargo, aún sin eliminarlo, sigue siendo un recinto detenido en el ocio de las dinámicas cotidianas. Es un frasco frío adicto a acaparar las historias naturales y/o artificiales más feas o fascinantes o retorcidas. 372. Tiene su propio lenguaje, es una masa de ruido vacío, es la representación en miniatura del poder del humano para crear estructuras aún más poderosas que el mismo, implacables muestras de voluntad destructiva propia y ajena. 95. Pero yo insisto en el vigilante, que mira con tanto fervor a esa rubia en cola, casi vestida de fucsia, pues sobresalen más sus carnes pálidas que el color. El hombre se la quiere tragar con la pulsión que produce el stand by de la existencia allí abajo en algunos sexos que se dilatan y contraen durante ciertos eventos. 99. Él no puede evitar su demencia de la que no tiene idea, porque piensa que es normal, que trabajar en un lugar así es normal, que un lugar así es normal. 377. Porque quizás estos métodos son normales. Su pierna se arrebata y continúa cada vez más bélica. Con apatía pero agresiva. Igual la del vecino y la de otros tantos. 378. Él los observa, todos llevan un rictus, hasta quienes ríen y sonríen. Todos están solos, hasta los acompañados. Todos están muertos. 100. Uno, dos, tres, cuatro, quince y para. Mira a ambos lados. Cuánto tiempo ha pasado allí, quizás cinco horas o tres siglos o un milenio. ¿Ves? Todos somos asesinos flotantes, nadie toca el suelo que se evapora en distintos humores, sudores y perfumes penetrantes. 103. Aquí todo transcurre prolijamente sin transcurrir, tan lento como veloz, en pausa vertiginosa. 105. Esta forma es sólo una evolución del enigma, es sólo unos metros cúbicos del misterio. Es el pasado, el presente y el futuro superpuesto. 380. Por eso él llega a su casa y grita, explota con su boca o con alguna otra porción de su cuerpo. La rubia siente una mirada encima más pesada que las demás, la busca, son demasiados kilos sobre ella, la encuentra, es sólo un vigilante, no le interesa, sigue entretenida con su celular. 106. Una bomba de tiempo, una granada de vértigo, esta norma va a detonar, baúl de horas difuntas y aire acondicionado, 383, cementerio abstracto, hueco matemático congelado, eufemismo de rutina en cava, frízer de cadáveres infelices cuando van a pagar y cadáveres exquisitos cuando van a cobrar, 386, es mi turno. 

31.3.08

Julieta


Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.

Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

9.3.08

La posmodernidad se pregunta: ¿Antonio Meucci o Alexander Graham Bell?

La vida es simple, pueril y casi, casi efectiva como una cotidiana cabina telefónica de un centro de conexiones público.
Es estar ahí, solo, encerrado al margen de un sórdido cubo, tratando de comunicarte con voces a veces disponibles, a veces ocupadas, a veces ausentes, pero todas desplazándose por un entramado de cables delirantes cuya electricidad es generada por la aturdida necesidad contradictoria del urgente espacio individual en contacto con la otredad.

- Repica y repica y no atiende.
- No está.
- ¿Aló?
- Está ocupado(a) para ti.
- ¡Hola!, estaba esperando tu llamada.

Si el ventilador extractor está dañado, como ahora, sonará parecido al ruido que gira constantemente en tu cerebro. Y allí afuera: la murga callejera –niños pidiendo chicle, cajas registradoras comiéndose monedas manoseadas por ancianas quienes adoran su chasquido, risas pegajosas y otras irritantes, gritos, rumores de miradas policiales, vigilantescas o watchimaneras, cornetas, números efímeros que tendrás que pagar, relojes tiránicamente desesperados, reguetón, y resonancias que hacen temblar las paredes ilusoriamente transparentes que te envuelven, indicando que otras voces alternas pelean para entrar a interrumpir, acompañar u opacar la tuya.-

Te desquicias, no entiendes nada en aquella ficción, sólo gesticulas frente a un espejo remedón que te imita pronunciando, a través del auricular, el salvaje, torpe, parasitario e inevitable conformismo desbordado de oír, decir, vivir y hacer sin seguir entendiendo nada.