La adivina le advirtió que el amor hacia la literatura peligraba con la aproximación al personaje: -exceso de soberbia-, aseguró. Por eso era mejor seguir en el margen de las páginas, alimentar cercanía sólo con el protagonista imaginario de la historia y no con el de carne y hueso. Pero ya era tarde. De nada valió la exhortación libresca. Su abismo, después de todo, siempre ha sido su inevitable humanidad.
27.4.09
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4 comentarios:
Estás muy prolífica, Pupila. Anque algunos me parecen un tanto densos.
Quizá por esa misma densidad de algunos no subo todo lo que escribo Esteban. Sé que se hace pesada, incluso para mí.
:-)
Si, si; una de las ventajas de la literatura (y de la fotografía) es que puedes disfrutar la obra sin "calarte" al autor.
Hola José.
En general se tiene esa idea sobre los autores de gremios y círculos muy cerrados. Pero muchas veces, como en este caso, la lectora o espectadora podría haber pecado también de soberbia e insolencia y peor aún, antes que el autor. Pronto podría borrar este relato.
Un saludo afectuoso.
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