jueves, julio 2

Alfabeto

Alguna vez, por muy increíble que parezca, se humanizaron estas letras del abecedario, cobrando infinitas formas de implacables hombrecillos que corrían atrás de mí para asesinarme. Los veía de día o de noche marcando sus señales insaciables, con sus armas en mano, carcajadas opacas y ojos iracundos saliendo desencajados de sus órbitas. Con una violencia llena de un gran poder hercúleo y casi sin darnos cuenta, aquellos aparentemente grandiosos duendes urbanos de sátira benigna que alguna vez con sus cuentos o fábulas y moralejas tanto nos gratificaron o instruyeron, se fueron transformando en potestades diabólicamente ofensivas reproduciéndose infinitamente cada vez más rápido. La A de pronto se convertía en MKGF!, y la B daba vueltas para volverse WRFXHTT, la C con saltos se hizo OKGKJH, la D trocaba en ZKUYFEQ, la I se volvió X y todo era un ruin desastre al querer perturbar o eliminar el orden de mis menesterosas e individuales letras anteriores. Y así, comencé a soñar con aquellas grafías macabras que cada vez más se propagaban y disfrutaban, con vil éxtasis entre sí, sus distintas imágenes malignas que  vertiginosamente iban y agresivamente venían sin parar. Querían espantarme o vengarse de mí por no sé qué tan tétricas calamidades merecidas, hasta que un buen día, ante aquel espectáculo sanguinario, me rendí. Huí muy lejos y dejaron de perseguirme, o al menos dejé de ver sus sombras, ya no me  aparecían como espectros, dejé de buscarlas. Ahora todo ha virado en un nuevo tiempo; la vida es nuevamente apacible y mis días se han llenado notablemente de luz, pero he de reconocer que colaboré en gran manera para aquel periódico amarillista de sucesos y calumnias: existir, mi paranoia, mi timidez, mi platónico lapsus demencial  y probablemente mis imberbes deseos de cambiar el mundo también involucrados. Entendido esto, ahora extraño aquellos figurines que una remota vez me brindaron su amistad aún sin ellos saberlo. Me hicieron sonreír, reír y hasta casi llorar. Imposible no guardar simpatía para algunos o cariño  para otros de aquellos remotos caracteres tan creativos y encantadores antes de aquel grotesco cambio. Olvido lo feo, recuerdo lo lindo, me quedo y me voy sin mirar atrás ni a los lados. Así dicen, ellos, que es la felicidad, poco rencorosa.