Se divisan en la arena, a unos metros del bar bajo el faro lunar. Hay días en donde están así, reunidos cerca de las personas y creemos que, a diferencia de nosotros, sólo se trata de instintos, pero yo no podría asegurarlo. Al menos se nota que no es incomodidad ni sorpresa pues ninguno ladra. Es sólo cercanía, contacto, olfateo. Mientras he pensado esto, ya he dado bastantes pasos, creo, aunque me confunde un poco esto sobre la velocidad de las reflexiones y más cuando hay música. Llego a la multitud en la pista de baile y volteo de nuevo hacia el otro lado; observo que entre todos aquellos perros hay uno protagonista, ubicado en el medio de los demás.
Me distrae el atropellado acento de la brasileña cuando gesticula algunas palabras que no logro entender y me señala un trigueño de camisa negra que la está mirando alternadamente desde hace rato. Ella le sonríe mientras él secretea con su respectivo grupo, sin disimular las ojeadas tribales reclamando reciprocidad, así que me hago la distraída porque por ahora estoy disfrutando mi trago y giro a un ángulo donde miro otra vez a los animales, los otros, esos que se nos parecen tanto.
Ahora sí distingo el centro. Es una perra. Como era de imaginarse. Al parecer, todos los demás son machos y ellos mismos lo comprueban al olisquearse sus genitales callejeros, sus rabitos mestizos largos jadeando a ritmos caribeños, llenos de pelos sucios y sueños costeros. Son perseguidos por perseguidores antes de que se intercambien el rol; se asemejan entre sí, pero cada uno actúa distinto al rastrearse con una babosa sonrisa común de oreja a oreja.
De repente, otra de ellas le insiste a la primera que hable un poco en portugués. Atenta me intereso por la petición. Dice algo que comienza por vocé, pero sin entender el resto capto que decididamente llegan los hombres para tantearnos un poco y ver quién desea bailar. Todas aceptan menos yo, y me toca pretender comunicarme con un sujeto que habla naturalmente otro idioma, aquí, en la Torre de Babel del trópico.
Entre cierta jovialidad que ameniza algunos ratos nuevos y desconocidos, llega el silencio tan esperado, ese para no esforzarse demasiado en otra lengua. En ese lapso la veo a ella, la tía de Florencia, quien también ha comenzado a bailar con su esposo en un momento de metamorfosis. Nunca había visto tal lecho conyugal así de abierto. Con quince años de casados, piel grasosa y escurrida, arrugas enfrentadas estremeciéndose en el signo del placer y la vida, en un instante donde se saben mejores que nunca, con la seguridad que otorgan las vertientes caladas y los coitos infinitos, esa ternura agresiva de ansia mutua y orgasmos necesarios. Se hacen evidentes los sudores excitados que necesitan cariño, ya sabemos que todos estamos solos y que no entendemos nada. Pero aquí no. Aquí a la soledad gregaria se le hace agua la boca, la piel.
En el suelo, a mi derecha ahora más cerca, se sienta la perra, se para, se vuelve a sentar, engaña para evadirse un poco ante su celo, evitando, contrariamente a lo que creemos los humanos, que los del sexo opuesto se le monten. Pobre perrita indefensa. Pero la tía no, la veterana de cuarenta y ocho años, hoy vigorosa no resiente de lo prohibido, ni de la altivez hormonal de los veintitantos, ni de la fémina exuberancia treintañera. Hoy no deduce, ni censura porque está derramada de encanto, de beldad, hoy sólo quiere que su hombre la ame duro, tan duro como el volumen de esta bachata, trancadita, de cadencia jugosa. No sabemos hacia dónde pero todo se desliza sin peso mundano, y colocan merengue, cumbia, salsa, y luego reguetón, el abominable reguetón, pero no importa, aquí nos olvidamos de los clichés de la buena música. Aquí donde sólo hay fusión y carne no escuchamos letras ni sabemos mucho de pistas sonoras fáciles. Se abrazan en ondulantes cinturas anchas, alrededor de ellos no hay más nadie, están solos y al parecer, felices, lejos de la mierda. Los veo y recuerdo mis sandalias, las siento sujetando mis pies libres y mis tobillos zumbadores, dispuestos a moverse al ritmo, erguida en caderas sueltas frente a esa serpiente gigante de agua salada, olas y diferentes gradaciones azuladas y negruzcas, esa rastrera multiforme de movimientos lascivos y de corazón mojado, dulce, recio, que penetra y hace el amor.
Y la veo, la tía abultada hoy se siente hembra, hoy no desvirtúa las sinrazones del erotismo ajeno, hoy tiene escamas y respira salitre por los bronquios de sus pulmones desgastados. Sabe que las menores suelen ser muy coquetas, pero hoy no hay juicio, entiende el fruto sensual de tiempos más tempranos, algo que ella casi había olvidado. Lo recuerda y lo vive, con su hombre, el de siempre.
Una manada viviendo la mitología ancestral del exotismo. Sonidos tamboriles que resuenan en los órganos, en los tuétanos. Hay caza de presa, retorno a lo primigenio de la atracción elemental, milenaria; reconociendo al otro en el lenguaje del cuerpo y el ruido, sin mucho artilugio. Hoy somos un poco más de nuestros antepasados.
A veces, sólo a veces, se vive bien sin pensar o sin creer que se piensa. Miro hacia abajo, me pasmo al detallar cómo van creciendo mis garras, los vellos de mis piernas comienzan a convertirse en pelaje y lo entiendo todo. Vamos a bailar pues varón moreno, que mañana no querré amanecer ni tan perra, ni tan humana, mañana amaneceré… .
Ajá, mañana quizás amaneceré así, tan de esa otra especie extraña.


2 comentarios:
¡Genial, Pupila! Cómo te sentó de bien este tiempo de ausencia.
¡Hola Esteban! gracias por el agasajo, ya veo que también supiste compartir la rumba costera.
Estaba entre borradores pendientes, y yo indecisa si reescribirlo y subirlo pues no quería hacer apología de lo banal, pero ya ves, ahí está, esa parte de la vida que también nos pertenece y que no podemos negar.
Y sí, un tiempo de descanso y trabajo suave siempre sienta bien!
Un abrazo :-)
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