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Con una suerte de nostalgia mansa que aún no alcanza ser totalmente yegua, vengo a otro lugar desde alguno de esos mamertos (qué palabra tan fea) recorridos entre pueblos y montañas que tanto me gustan, que tanto alivio y reflexión proporcionan al espíritu. Me encantan, claro, las urbes, pero hay algo en ese aroma cenizo verde parecido al que tuve cerca durante la primera parte de mi infancia, con el cual me reconcilio siempre, que con sus cadillos se impregna en mi ropa por cortos o largos tiempos de descanso y/o trabajo rural. Y vengo pensando que algunas necedades pasadas se proyectan más de lo necesario. El quid vital y sus misterios. Tantos malentendidos e interpretaciones erróneas entre la gente. También en ese período intermedio -en extremo mezquino y descabellado- cuando comienzan a volatilizarse las esperanzas de tantas utopías (sociales, políticas, individuales, etc) juveniles. Entonces sobrevive una juventud deshabitada. Una recóndita cueva donde el nihilismo más intruso juega al Escondite junto a las deidades menos fraternales. Pienso poco en la peste porcina y mucho en este nick: Pupila, que uso -entre otros seudónimos- desde mi adolescencia. También he pensado mucho en Edipo, en mis dolores de cabeza y en este medio cibernético, cual dios terrible, que invisible y lejano cubre lo más noble de las esencias que allí deambulan mostrando, distorsionada y exageradamente, siempre lo más tremendo. Pero otro día será en el que cuente un cuento o un nocuento.
(P.D. el vengo es literal, referido al fin de semana pasado.)

