-En estas matas de coco hay murciélagos-, me advierte el viejito dueño de la casa costera, mientras sigue alimentando a sus perros playeros y tres gatos de pose elegante velan la palangana de arroz mazacotudo desde el muro. Yo callo y miro hacia las palmeras. Lo imaginé, anoche los escuché agudos como silvidos, los vi. Pero estos murciélagos también son diurnos (no estoy segura si continuó el hombre o me lo dijo alguna otra voz) y habitan la superficie de tus pasos, esa que aún se oye desde la noche, esa atemorizada que ve sus ráfagas voladoras cuales manchas del espacio irreal que todo lo atraviesa. Sí, ellos son los pensamientos. Miserias volátiles, sombras agitadas que huyen de la luz y las miradas aún estando bajo el sol. Negras estrellas fugaces, pájaros malditos, repeticiones infinitas del hábito, las ideas y recuerdos. No hieren cuellos, pero sí chupan sustancias, se esconden y no puedes atajarlos. Son los cantos inasibles de la muerte y la vida.
31.10.08
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4 comentarios:
Son la repetición de lo que callamos. Salen en lugares escondidos, donde nadie nos encuentra, donde nadie nos juzga.
Bello texto, Pupila.
Me ha gustado mucho el juego de metáforas murciélagos-pensamientos.
Es un texto con mucha fuerza
Por supuesto que existen los murciélagos diurnos; los nocturnos son simplemente su eco.
Me encantan esos complementos.
Abrazos a todos.
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