Mitos nocturnos que, enmarañados entre sábanas, amanecen lejos.
Con un leve gesto facial o corporal, en medio de la noche, despierto en cama.
¿Qué escena o ser imaginario tuvo la osadía de expulsarme así, sin recuerdo, de ese inframundo?
Ocurrió algo y al unísono, un estremecimiento involuntario y raro que se llama carcajada. Pero mejor no te cuento porque cuando leamos esto, momentos después de escrito, nada nos hará tanta gracia.
En noche de niebla una madre toma de la mano a su niña, mientras, la otra mano de la niña suelta un globo succionado por el cielo.
Nacen, crecen, se reproducen y mueren transformándose en un gramo de arena. No existe el cielo ni el infierno, sólo habrá desierto.
A veces te veo en la boca de Moby Dick, esa ballena que te traga sin masticarte, sin saborearte, sin catarte. Esa que, cuando estás adentro un rato, te reduce, te asfixia, te aburre; entonces me extrañas. Me extrañas mucho. Pero igual tengo celos de Moby Dick. No es ella, es por mi naturaleza infantil, más que por la suya que sé sólo es de blanco papel.
Yo sabía que mentías cuando me decías que eras demasiado feliz. Nadie (y ahí si no importa que no haya algún otro referente diferencial) nadie es demasiado feliz.
-En estas matas de coco hay murciélagos-, me advierte el viejito dueño de la casa costera, mientras sigue alimentando a sus perros playeros y tres gatos de pose elegante velan la palangana de arroz mazacotudo desde el muro. Yo callo y miro hacia las palmeras. Lo imaginé, anoche los escuché agudos como silvidos, los vi. Pero estos murciélagos también son diurnos (no estoy segura si continuó el hombre o me lo dijo alguna otra voz) y habitan la superficie de tus pasos, esa que aún se oye desde la noche, esa atemorizada que ve sus ráfagas voladoras cuales manchas del espacio irreal que todo lo atraviesa. Sí, ellos son los pensamientos. Miserias volátiles, sombras agitadas que huyen de la luz y las miradas aún estando bajo el sol. Negras estrellas fugaces, pájaros malditos, repeticiones infinitas del hábito, las ideas y recuerdos. No hieren cuellos, pero sí chupan sustancias, se esconden y no puedes atajarlos. Son los cantos inasibles de la muerte y la vida.
Mario Benedetti
Rocía, después llueve y entra la tempestad.
Diluvio escabroso que abarrota todos los sonidos con sus gotas de terror, gruesos escupitajos de Dios. Truena y se hace demasiado abrupta la presencia del mundo vigilante, la celda del pensamiento. No hay nada más absurdo que esta agua cayendo del cielo, mojándonos, silenciándonos hasta los huesos.
¡Cállate! Que desde arriba viene este portento celestial.
Pero sí, hay algo más absurdo y tiene que ver con la imposibilidad del lenguaje: escribir y creer que en las palabras está la única quimera probable, el único reino posible. Y peor aún, mostrarlo.
¿Hay algo más estúpido que vulnerar mi intimidad exhibiéndome como una letra rota ante tus ojos?
Revienta el vidrio que me contiene desde su cimiento y deja a tus manos libres de mi hogar. Traspapela miedos y palabras, llena tus dedos de mi saliva y reescribe la nueva herencia: reparte todos los bienes a otros y deja sólo para mí tu voz, esa, la que aún no escucho.
“Eres mi musa”, dices. Y crees que siempre puedes saberme con tu semiótica sudada y barata. Pero así no son las cosas. Vamos, continúa quitando capas de pintura, empalideciendo mis refugios, sonrojando mis cueros con una violencia sutil para la que sólo existe el presente, mientras la percusión algún día dejará de sonar. Yo, caminante, ya huelo a ti y cada vez tengo más calor. Al menos te agradezco la fidelidad de tus besos. Eres arrogante y vanidoso porque sabes que siempre puedes rendirme bajo tu cuerpo aunque a veces, sol, prefiera la noche.