-En estas matas de coco hay murciélagos-, me advierte el viejito dueño de la casa costera, mientras sigue alimentando a sus perros playeros y tres gatos de pose elegante velan la palangana de arroz mazacotudo desde el muro. Yo callo y miro hacia las palmeras. Lo imaginé, anoche los escuché agudos como silvidos, los vi. Pero estos murciélagos también son diurnos (no estoy segura si continuó el hombre o me lo dijo alguna otra voz) y habitan la superficie de tus pasos, esa que aún se oye desde la noche, esa atemorizada que ve sus ráfagas voladoras cuales manchas del espacio irreal que todo lo atraviesa. Sí, ellos son los pensamientos. Miserias volátiles, sombras agitadas que huyen de la luz y las miradas aún estando bajo el sol. Negras estrellas fugaces, pájaros malditos, repeticiones infinitas del hábito, las ideas y recuerdos. No hieren cuellos, pero sí chupan sustancias, se esconden y no puedes atajarlos. Son los cantos inasibles de la muerte y la vida.
31.10.08
15.10.08
Pigmentos
Mario Benedetti
Transparencia
Rocía, después llueve y entra la tempestad.
Diluvio escabroso que abarrota todos los sonidos con sus gotas de terror, gruesos escupitajos de Dios. Truena y se hace demasiado abrupta la presencia del mundo vigilante, la celda del pensamiento. No hay nada más absurdo que esta agua cayendo del cielo, mojándonos, silenciándonos hasta los huesos.
¡Cállate! Que desde arriba viene este portento celestial.
Pero sí, hay algo más absurdo y tiene que ver con la imposibilidad del lenguaje: escribir y creer que en las palabras está la única quimera probable, el único reino posible. Y peor aún, mostrarlo.
¿Hay algo más estúpido que vulnerar mi intimidad exhibiéndome como una letra rota ante tus ojos?
Vibraciones
Revienta el vidrio que me contiene desde su cimiento y deja a tus manos libres de mi hogar. Traspapela miedos y palabras, llena tus dedos de mi saliva y reescribe la nueva herencia: reparte todos los bienes a otros y deja sólo para mí tu voz, esa, la que aún no escucho.
11.10.08
Espejito
Sobrevolando cerca de las aguas del Estrecho de Florida, van temblando más por la turbulenta avioneta bimotor que por miedo o tetas grandes. Dos morenas y dos trigueñas bastante delgadas y con un trasero tropical, dispuestas a llegar a aquella isla inhóspita y secretamente desdibujada en el mapa del Atlántico, donde cuatro guardianes las recibirán junto con el dinero al entregar la carga respectiva de cocaína proveniente de Colombia con destino a Cuba, República Dominicana y Miami. Ya están muy cerca, una de ellas vuelve a mencionarlo, salieron apuradas y necesita verse para pintarse al menos las cejas que no tiene y los labios pálidos. Las demás también y comienzan con una seria búsqueda en sus respectivos bolsos, por aquí debe estar, por acá, abre el cierre, algo que brille, ninguna lo encuentra. -Listas para el aterrizaje- avisa algún tripulante, llegaron. No lo trajeron.
5.10.08
Poros
Continúa escribiéndole con tinta azul unos versos de Ludovico Silva en el brazo, en la espalda unos de Oscar Wilde, junto al ombligo unos de Bandeira, alrededor de un pezón uno de Cavafis, alrededor del otro una frase de Miller y en el vientre plano una del Marqués de Sade. Cuando ve que el único espacio libre es el del muslo derecho cerca de la ingle, la complace con un párrafo completo de Anais Nin, la favorita de Emily. Al terminar de apuntar “el esperma era un veneno, un amor que era veneno”, recuesta su cabeza en el escritorio sobre el papel rayado y se queda dormido con el bolígrafo en su mano. En ese mismo instante, Emily, situada en otra ciudad, está dispuesta a bañarse. Se desnuda, entra a la ducha, abre llaves y tantea temperaturas, frío, tibio, caliente, se sumerge y con ayuda del jabón, su piel poco a poco comienza a escurrir agua oscura en todo el piso teñido de azul.
3.10.08
Columpio
30.9.08
Musa
“Eres mi musa”, dices. Y crees que siempre puedes saberme con tu semiótica sudada y barata. Pero así no son las cosas. Vamos, continúa quitando capas de pintura, empalideciendo mis refugios, sonrojando mis cueros con una violencia sutil para la que sólo existe el presente, mientras la percusión algún día dejará de sonar. Yo, caminante, ya huelo a ti y cada vez tengo más calor. Al menos te agradezco la fidelidad de tus besos. Eres arrogante y vanidoso porque sabes que siempre puedes rendirme bajo tu cuerpo aunque a veces, sol, prefiera la noche.
El pájaro
Anoche estaba escribiendo algo hermoso en esta página blanca, de repente comencé a escuchar un piar bastante molesto, pues no era un canto de pajarito, no, era fuerte, peleón y se agudizaba cada vez más, como esos que uno escucha a veces al alba, con la diferencia de que los tonos distintos de las aves diurnas armonizan con el sol y lejos de incomodar, dan una bienvenida amable al resto del día. Pero éste se oía solo, nocturno y alterado. Con un intento de paciencia, seguí mi faena dándole un rato para que se callara. Pero nada, seguía protestando como esquizoide. Mi tedio comenzó a ser curiosidad y luego compasión: podría ser un pichón perdido o estar herido. Decidí salir a la calle. Por un rato estuve mirando hacia todas partes buscando de dónde provenía aquel fastidio emplumado, hasta que lo vi allí, en el asfalto. Negro y robusto como un perro con extremidades de gallina. Era feo, tosco, era la vergüenza con patas de los alados. Lo vi y él me vio. Los dos quietos por un rato de intriga, hasta que se volteó con un brinquito y se alejó dando pasos muy cortos, ni siquiera volando, sólo se escuchaban sus pezuñas como espolones y así no más desapareció el muy astuto en la negrura. Yo entré de nuevo y continué. Creo que lo único que quería era que no escribiera algo hermoso en esta página blanca.
28.9.08
Cigarrillo mágico
Su amigo le confesó que había sido un robo en una tienda peruana de objetos paranormales y ancestrales. Tomó la cajetilla negra y le obsequió un ejemplar advirtiéndole que, al parecer, podían suceder cosas curiosas como que el humo no ascendiera sino todo lo contrario. Arnoldo lo aceptó incrédulo. Una vez en su hogar, inquieto buscó fuego para probarlo. Ya sentado en la sala despejada, lo tenía entre sus dedos y lo encendió. Al instante miró hacia el suelo de madera y notó que todo había sido un mito para idiotas y enseguida cerró los ojos. Ya relajado, dispuesto para otras bocanadas, no quiso abrir los ojos porque recordó que su casa no tenía piso de parqué sino techo machihembrado.
15.9.08
Instrumento de viento
8.9.08
Círculos perrunos
Polvo
12.8.08
Cortina gris con óvalos blancos
En estos momentos, viéndola fallecida y mientras poco a poco se deja recibir por el ansioso prurito del futuro cambio, la contempla blanda por vez primera, a través de la oscuridad de esos generosos surcos faciales tan profundos como el hastío de saber, que desde unos minutos en adelante, no habrá moscas únicamente en Mayo.
28.4.08
Dulce tan dulce
Lunes
31.3.08
Julieta
Tras la pared, el carraspero tv de la vecina. Ecos ladran peleando por los restos de algún fiambre o alguna cola peluda. Habla ella, la chillona que a veces no me deja dormir. Una corneta se neurotiza ante varias posibilidades afuera de mi balcón: se detiene el carro que va adelante, se atraviesa alguno (s) de los travestis que esperan en esa esquina, la chillona cruza la calle, los ecos caninos hicieron temblar el asfalto.
Mientras los clamores se bañan en el gélido rocío del silencio y la sempiterna cortina blanca ondula sus caderas afroditas para agitar el cabello del viento, escucho algo. Imagino que este otro insistente sonido proviene de una escalera de quince metros sostenida por las manos audaces de voces malandras que oigo -o la del tipo que anoche rompió una botella para que la mujer le abriera, mientras la amaba impregnándole caricias en los callejones de sus tímpanos. ¡Puta ábreme!, ¡maldita perra, ya vas a ver cuando entre!, peeerraaaa. ¿Por qué no me abres? Tienes miedo ¿ah? ¡Ábreme perriiita!. Silencio. Pasan, quizá, seis minutos y más. Silencio. Mis ojos vuelven a oír algo porque ambos, trasnochados, se arrinconan a la izquierda. No era una escalera. Asómate. No. Tengo frío. Tienes miedo. No. Tengo frío. Miedosa. Quizás son una llaves intentando violar una cerradura de espíritu infantil. Anda curiosea. No, necia, tengo frío. Otra vez los susurros y la escalera. Voces que suben (décimo escalón) por mi cabeza (más arriba de la nuca) y se van acercando (pasaron las orejas) cada vez más (pisándome la frente) como Romeos posmodernos y hambrientos. Tienen hambre. (La vecina Tv tiene hambre, buche, los perros que ladran tienen hambre, buche, la chillona tiene hambre, buche, los travestis tienen hambre –pasa el carro blanco: “veinte mil el Oral” dicen-, buche, los policias tienen hambre, buche, la señora que vende jugos de naranja y le hizo una carta al presidente tiene hambre, buche, el viejo que se está quedando ciego tiene hambre, buche, la doña que limpia pisos tiene hambre, buche, aquellos también, buche, hambre, buche sin buche). Último escalón. (Llegaron). Romeos que ascendieron al cuarto de Julieta para enunciarle que Shakespeare ha muerto.

